Hablar bien está mal visto

 

 

Leí la semana pasada un buen artículo de Alex Grijelmo sobre algunas quejas que habían expresado algunos espectadores de la serie televisiva “La Peste” respecto a la pronunciación andaluza de sus actores, que al parecer dificultaba en ocasiones su comprensión a los hablantes de otras regiones de España. Con buen criterio Grijelmo defendió el acento andaluz de los personajes de la serie, pues si es en ese territorio donde se desarrolla la acción parece lógico que los actores utilicen el habla propia de la región. Por otra parte el andaluz, además de sonoro y musical, es perfectamente comprensible para cualquier hablante nativo del español, como lo es el venezolano, mexicano o colombiano de las telenovelas que con frecuencia se emiten en nuestras televisiones. En otras palabras, cualquier hablante de español es capaz de comprender el habla de cualquier región hispanohablante del mundo, siempre que se produzca en un registro relativamente neutro y los interlocutores posean una correcta dicción.

Respecto a este último punto –la dicción- me gustaría compartir con ustedes algunas reflexiones. Porque precisamente de la dicción venían las quejas de Grijelmo, y no del acento de los actores.

Hace no demasiados años se consideraba la impecable dicción un requisito fundamental para la excelencia de un actor, así como de otros profesionales que tienen la palabra frente al público una de sus herramientas básicas de trabajo: locutores de televisión y radio, políticos, conferenciantes, profesores, etc.

Lamento observar que, desde hace ya algún tiempo, se ha perdido el aprecio al buen hablar, a esa parte de la gramática ya casi olvidada conocida como prosodia y que antaño se estudiaba en la escuela primaria. Una lástima. El descuido de esta disciplina de la lengua –y muchas otras- es demasiado frecuente en presentadores de televisión que hablan de manera atropellada o en películas españolas con sonido directo en las que es necesario un verdadero ejercicio de concentración para entender algunas de sus frases. Resulta paradójico que el español más claro y comprensible del cine se encuentre en las películas extranjeras dobladas, y que se entienda con más claridad a Javier Bardem cuando habla en su inglés con acento latino que cuando lo hace en su castellano materno con sus frases farfulladas entre dientes.

Los extranjeros dicen de los españoles que hablamos como metralletas, y no les falta razón. Lo hacemos –en general- a una velocidad endiablada, y con una cadencia tan lineal y plana que el sonido de una conversación entre españoles para alguien que no conoce la lengua es algo parecido a una ráfaga de ametralladora. Para esta percepción hay fundamentos fonéticos (una mayoría de sílabas muy cortas con solo dos fonemas, poca variedad de sonidos vocálicos con preponderancia de la a, brevedad de la duración de las vocales, etc.), pero también hay otras razones que atañen al poco esmero que en general los hablantes damos a nuestra producción oral. Si solo de rasgos fonéticos estructurales de la lengua castellana se tratase, no se comprendería que el español de América resulte muchas veces más pausado y melodioso a oídos del extranjero, pues la misma lengua hablamos.

Tengo la impresión de que hemos confundido la naturalidad con el descuido, la espontaneidad con la vulgaridad y la precisión léxica con la cursilería. Hablar bien está mal visto en España. Lo que en otros idiomas y en otros países, entre ellos los latinoamericanos, es un signo de elegancia y una inmejorable carta de presentación, en España puede considerarse como alarde de petulancia o un signo de afectación.

¿Qué sensación produciría ahora a un joven escuchar una retransmisión deportiva de Matías Prats padre? ¿O la locución radiofónica del gran José Luis Pécker? Con toda probabilidad serían tildados de pomposos y relamidos, pues nuestros jóvenes ya se han habituado a un registro léxico limitado y a una locución descuidada que tiene como principal pretensión la emulación del lenguaje de la calle, en una perversa inversión de roles.

Lo mismo cabe decir de los actores y actrices de los añorados Estudio 1 de mi infancia: Ismael Merlo, Luisa Sala, José Bódalo, Mercedes Prendes, los hermanos Gutiérrez Caba, Fernando Delgado, Pablo Sanz y tantos otros genios de la escena que probablemente no superarían hoy día un casting para hacer una película española. Hablaban demasiado bien, articulaban a la perfección, entonaban con maestría. Demasiado concienzudos en su oficio, demasiado pulidos y elegantes en la palabra. Demasiado buenos para unos tiempos en los que hasta en el lenguaje solo hay sitio para la zafiedad, la molicie y el desaliño.

 

Hablando con máquinas

Dicen que el siglo XXI, y en general el progreso inherente al paso del tiempo, nos ha traído una serie de avances nada desdeñables que hacen nuestra vida más agradable, más larga y en ocasiones de mayor calidad en casi todos los sentidos. No lo voy a negar, algo de eso debe de haber. Pero también nos ha traído una serie de majaderías y estupideces –que para colmo no son optativas, sino obligatorias- que en ocasiones nos hacen maldecir con cajas destempladas la modernidad, la tecnología y la madre que la parió. Me ocuparé hoy de una de ellas.

Nos hemos llegado a acostumbrar a hacerlo casi a diario, así que no nos damos cuenta de la magnitud de la tragedia. Pero una de las mayores humillaciones a las que todos nos vemos sometidos todos los días es a hablar con máquinas. Sí, con putas máquinas. Con putas máquinas de mierda. Máquinas idiotas, pues todas las máquinas lo son. A fin de cuentas son máquinas, no se les puede pedir más.

A fuerza de hábito, no llegamos a calibrar con la objetividad debida lo grotesco de la situación. A un lado del teléfono un ser humano con un problema. Mayor o menor, pero un problema. Alguien que pasó años en aprender a hablar, unos cuantos más en expresarse correctamente, muchos en hacerlo con la entonación adecuada y a mostrar los registros apropiados de cortesía y buenos modales. Al otro lado una máquina. Un aparato. Un cacharro lleno de cables, circuitos y chips. Y uno tiene, quiera o no, que entablar una ridícula conversación con ese engendro del demonio. De igual a igual. Te obligan: no es opcional. Las empresas de servicios, la Administración, la Seguridad Social, los bancos, los supermercados, tododiós te obliga a pasar por la vejación de la charla con la maquinita si aspiras a tener alguna opción, siquiera remota, de resolver tu problema. El hombre arrodillado ante la tecnología en forma de ignominia.

Cuando se acerca el fatídico momento, casi cotidiano, hay gente que se prepara psicológicamente, pues la experiencia no suele ser precisamente placentera. Conozco personas que hacen acopio de plástico de embalar de ese que tiene burbujitas de aire, para irlas reventando a medida que pasa el tiempo y las máquinas, diabólicamente confabuladas, empiezan a pasarte de una a otra con músicas infernales de por medio. Otras prefieren llamar después de una sesión de raja yoga, con las pulsaciones muy bajas y en un estado de aproximación al nirvana. Otras se inyectan directamente un ansiolítico en vena, pues saben que lo van a necesitar. En todo caso, un cubata bien cargado siempre hará más llevadera la tortura.

La maquinita de marras está programada para vacilarnos desde el preciso instante en que “descuelga” el teléfono. Es como si desde el comienzo te dijera: “Mira, tú eres gilipollas y me voy a reír de ti un ratito”. Pues justifica su existencia en aras de “facilitarte un mejor servicio”. Y además te tutea con descaro, con el indisimulado objetivo de añadir mofa al escarnio al que te va a someter a partir del momento en que pongas en sus cibernéticos oídos tus desvelos. Te dirá que para tal cosa pulses 1, para tal 2, para tal 3 y así una buena retahíla que tú habrás tenido que escuchar sin pestañear para comprender lo limitada que es la problemática humana, y después se atreverá a pedirte, en actitud condescendiente y maternal, que tú le expliques a ella tu problema. Cuando lo hagas, con el tono infantil y la cara de oligofrénico con que se dialoga con una máquina te contestará, sin perder la compostura: “Perdona, no te he entendido”. Así que pruebas a parafrasear el asunto, y la máquina te vuelve a decir que no te entiende, y piensas que ese amasijo de cables de mierda está cuestionando tus dotes de expresión oral. A fin de cuentas las máquinas no se equivocan. Se equivocan los humanos, infinitamente más imperfectos. Es muy probable que después te cuelgue, y hasta se escuche de fondo una displicente carcajada metálica.

Llegado a este punto es cuando se ponen a prueba alguno de los atributos espirituales más valiosos del ser humano: la infinita paciencia, la tolerancia a la frustración, la resignación cristiana y la capacidad de adaptación a situaciones extremas de supervivencia.

Lo volveremos a intentar, una y otra vez, y si tenemos la pericia y habilidad suficientes como para conseguir que a través del método ensayo-error se ponga un ser humano al otro lado del teléfono, puede darse la circunstancia, bastante habitual, de que dicho individuo esté programado con una serie de opciones de respuesta aún más limitadas que las de la máquina, y acabemos por echar de menos a esta última, a la que ya casi habíamos cogido el cariño que da el roce. Malditos tiempos modernos.

 

 

 

Algo de lo que vi en la India

Hacen falta algunos días para digerir un viaje a la India. El viaje más postergado, el viaje pendiente, el viaje que todos quisimos algún día hacer. Por fin, muchos años después del momento que empecé a soñarlo, se ha hecho realidad.

La India. El paradigma de la espiritualidad, el paraíso imaginario de la generación de los flower children, niños ahora ya canosos y con el esqueleto algo cansado de trotar por los vericuetos de la vida.

Quince días no dan para mucho, pero sí lo suficiente para llenar la mente de imágenes, olores y sensaciones.

Merece la pena comenzar diciendo que un recorrido por la India no es un viaje de placer. Ni siquiera me atrevería a calificarlo de agradable. Lo cual no impide considerarlo como una experiencia fascinante y necesaria. O casi. Ni siquiera viajando con el estatus de acomodado turista europeo, con guías y chóferes y pernoctando en hoteles de cinco estrellas uno encontrará con facilidad un momento de sosiego y tranquilidad.

En la India todo es excitación, bullicio, algarabía. Según traspasamos la puerta de salida del aeropuerto de Delhi nos empapa una nube de aire caliente, húmedo y contaminado. Una vez atrincherados en nuestro coche con chófer y guía,  cerrado con aire acondicionado y a temperaturas polares, comienzan las sensaciones fuertes. La primera es un tráfico imposible rayano en lo milagroso, incluso para alguien que ha conducido en lugares como Casablanca, Beirut, México, Bogotá, Salvador de Bahía, Guatemala o simplemente Roma. La circulación en esas ciudades es un juego de niños comparado con el de las ciudades indias. Es milagroso porque sólo por una confluencia de fenómenos paranormales se puede entender que miles de coches, camiones, motos con una media de tres o cuatro ocupantes, tuctucs (motocarros), carretas tiradas por caballos escuálidos, bicicletas, vehículos inexplicables, peatones distraídos, vacas, cerdos y todo tipo de semovientes puedan compartir un espacio común en el asfalto o lo que queda de él, en todas las direcciones posibles y sin ningún tipo de regla ni organización previa, en un caos tan absoluto como funcional, y todos salgan de ese marasmo indemnes, sin un rasguño. Motos, bicicletas, coches y peatones se entrecruzan vertiginosamente con tal proximidad y precisión, que llegué a pensar que tenían alguna cualidad sobrenatural para atravesarse entre ellos como un haz de luz, y tengo la convicción de que los conductores de todo tipo de vehículos están dotados de extraordinarias habilidades circenses para zigzaguear con precisión milimétrica y evitar la menor colisión con constantes obstáculos que al común de los mortales se nos antojarían  insalvables. Y todo ello sin pestañear, ayudados, eso sí, por el ruido incesante de las bocinas que suenan sin interrupción para abrirse paso entre lo imposible, en un concierto permanente sin cuya melodía ensordecedora las calles de la India no se concebirían. En un vehículo indio el claxon es, al menos, tan importante como las ruedas, el volante o el freno. O más. Y nadie se enfada ni inmuta: cruzarse por delante de otro es imprescindible para poder pasar. Si no no se pasa. Todo el mundo sabe que la picardía de esta jungla caótica de asfalto es una ley de supervivencia y funcionalidad, así que nada de malas caras. Ahora me cuelo yo, luego te colarás tú. Ni un mal gesto, ni un arqueo de cejas. El tráfico, en la India, es así y punto. Si no te gusta siempre puedes optar por Zurich o Luxemburgo, por ejemplo, donde todo es más ordenadito.

En las cunetas, en las inexistentes aceras o debajo de los puentes de la gigantesca urbe sobreviven los más pobres de los pobres, los “intocables”, hacinados entre basura, ratas y heces, literalmente. Esta será ya una imagen habitual y constante en el resto del viaje. La miseria extrema como un decorado desgarrador que siempre nos rodea, y al que uno no se acostumbra nunca, aunque llegue a formar parte del paisanaje inevitable de cada día, de cada rincón, de cada esquina. Se puede sentir más asco que nunca por la indignidad de gobernantes corruptos hasta el tuétano, de castas superiores que nadan en una opulencia heredada por derecho de sangre , de democráticos países “desarrollados” que miramos para otro lado…Pero bueno, no pretendo hacer de esta breve reseña de viaje un manifiesto social ni un alegato revolucionario. Ni mucho menos. Pero tampoco podía pasarlo por alto. Ahí está, la pobreza extrema, la injusticia social, los parias entre los parias. Los iremos viendo cada día desde detrás del cristal hermético de nuestro coche con aire acondicionado, guía y chófer. Así es. Ya no somos mochileros ni lo pretendemos. Lo vemos, nos duele y lo contamos, pero sabemos que por la noche dormiremos en hotel de cinco estrellas rodeados de serviles empleados y en unos cuantos días regresaremos a nuestro aséptico y confortable primer mundo, a cuyo pastel no tenemos la menor intención de renunciar, ni en todo ni en parte, por pequeña que sea.

Así que sigo con esta breve crónica de lo que he visto, oído, olido y sentido en la India.

Beranés (o Varanasi, en su nombre actual) es un paseo por el infierno. Las sensaciones son extremas y no siempre agradables. En realidad no lo son casi nunca. En esta ciudad sagrada a orillas del Ganges se concentra la esencia radical de la India más ritual y supersticiosa. Muchedumbres compactas, basura, tráfico endiablado. A diferencia de Delhi, aquí las vacas, “madres” espirituales de los hinduistas, campan a sus anchas por calles, caminos y hasta entran a reposar un rato en las tiendas, para regocijo del comerciante que se sentirá bendecido por la fortuna que sin duda le proporcionarán tan ilustres huéspedes. (Imagen 1). Miles de peregrinos enfundados en sudadas camisetas de color naranja venidos de los lugares más remotos llegan aquí para “purificarse” bañándose en el río Ganges y extraer de él cantimploras de plástico con agua bendita de un color indefinido entre grisáceo y café con leche, pues este río, además de sagrado, es el más contaminado del mundo.

Es cita ineludible de todo turista que se precie, pues la ciudad ofrece interminables momentos de exotismo extremo, algunos auténticos y otros hábilmente manipulados por los locales para satisfacer la avidez de sensaciones fuertes del visitante foráneo. No se puede estar en Benarés y dejar de asistir a un espectacular “show” ceremonial en honor al dios Shiva, atestado de turistas extranjeros grabando con móvil y con algún indio despistado haciendo el papel involuntario de figurante que le dé un toque de improbable realismo al espectáculo circense preparado para turistas.

También es inevitable el recorrido por las piras crematorias a orillas del río, con turistas cegados por el humo de los cadáveres que arden ante sus ojos sobre cientos de kilos de troncos apilados. Todos acompañados por solícitos guías que nos explicarán todo el ritual mortuorio a cambio de unas cuantas rupias. O la contemplación de los baños “purificadores” en el Ganges de los peregrinos al amanecer, ellos en calzoncillos, ellas vestidas, y que los visitantes filmamos una y otra vez, tras habernos levantado a las cuatro de la mañana para presenciar al alba este momento, entre mágico y turístico, que ya no será fácil olvidar. (Imagen 2).

Todo transcurre tras las primeras luces del día, en un halo de misterio y surrealismo que hace que en ocasiones uno llegue a dudar en qué momento acaba la realidad y empieza la ficción, y viceversa. Cientos de imágenes insólitas desfilan ante nosotros como en un sueño agridulce, y cada instante nos depara escenas que hasta entonces sólo concebíamos en el mundo de la ficción o de relatos fantasiosos de países lejanos. La India en estado puro.

O tal vez no, porque están los molestos e impertinentes turistas. No nosotros, claro está, sino los demás, los otros, los putos guiris. Porque es bien conocido que todos los turistas que vamos a la India queremos hacer un viaje “auténtico”,  así que esos turistas de mierda (o sea, los otros), que además son la mayoría españoles, nos lo joden todo. Todos acabamos formando parte de un rebaño de guiris indeseado e indeseable que nos arruina nuestro espíritu aventurero de “auténtico viajero bohemio y alternativo”. Nosotros, todos y cada uno de nosotros, queríamos ser los únicos visitantes extranjeros de este país ignoto. Así que los turistas nos miramos entre nosotros con recelo y hasta desprecio y nos ignoramos recíprocamente, mientras intentamos acercarnos al aborigen con cariño y curiosidad. O paternalismo, yo que sé. Porque además, estos gilipollas de turistas nos malogran las fotos. Teníamos encuadrada una colorista imagen de mujeres indias en sari y nativos con turbante y barba teñida de rojo y se cruza una imbécil rubia con piel clara y minifalda, y adiós exotismo paisajista. En fin, malditos turistas. Todos menos nosotros, faltaría más. Porque nosotros, a diferencia de todos, todos, todos los demás, somos “intrépidos viajeros”. Que quede clarito.

 

Por carreteras poco dignas de tal nombre nos desplazamos en coche de una ciudad a otra, sorteando socavones, bicicletas, camiones desvencijados, campesinos, motos y vacas, muchas vacas paciendo tranquilamente en mitad del asfalto, las cuales se me antoja que miran como los coches las esquivan con sonrisa bovina, y nunca mejor dicho. Pasamos por pueblos en los que se mezclan las imágenes de niños llenando baldes de agua en los pozos con hombres harapientos durmiendo sobre el remolque de un carromato, o haciendo equilibrios para echar una cabezada sobre una moto en un ejercicio funambulesco inverosímil. La gente nos mira, nos sonríe, agita la mano y nos dicen “hello welcome” según pasamos.  Los despiertos, se entiende, no los dormidos. Los dormidos duermen, lo cual también resulta complicado de entender si tenemos en cuenta el bullicio infernal que les rodea.

Así que vamos recorriendo ciudades como Orchha, Gwalior, Khajuraho, Agra, Jaipur, Pushkar, Jodhpur, Ranakpur, Udaipur…Hermosos templos y suntuosos palacios.

Templos hinduistas, sijs, jainistas, budistas y mezquitas musulmanas. Las religiones conviven sin demasiados problemas en la India.  Muchos templos, muchísimos, erigidos en honor de los innumerables dioses venerados en este inmenso país: Shiva, Visnu, Brahma…Dependiendo del culto y rituales nos descalzamos, nos ponemos pañuelos en la cabeza que guardan una cierta semejanza con el cachirulo aragonés, nos atamos una especie de falda escocesa en la cintura para cubrir las piernas, nos despojamos de aparatos electrónicos… En fin, cada cual tiene sus normas…Llevar tabaco está prohibido. Lo cual me parece muy bien, sobre todo porque yo no fumo. En los templos jainistas se pide a las mujeres que se abstengan de entrar si están con la menstruación, pero parece que nadie lo verifica. Allá cada una con su conciencia, supongo.  Los guías nos explican con detalle su mitología, el significado de los símbolos, los detalles ornamentales, los ritos, todo. Ya no me acuerdo de casi nada, pero en su momento me pareció muy interesante, al menos durante la primera media hora de explicación de cada templo. Reconozco que según avanzaba el número de templos, duración de las explicaciones y subía la temperatura y humedad ambiental mi interés iba decreciendo, lo cual puede que sea debido a mi escasa sensibilidad artística y cultural, o tal vez porque, como todos los católicos de bien sabemos y nuestro sagrado catecismo nos ha enseñado, esas religiones no son verdaderas.

Sin embargo confieso que los templos que más me interesaron de todos, supongo que por mi natural querencia hacia los asuntos lascivos y concupiscentes, fueron los de Khajuraho. Templos en excelente estado de conservación (son patrimonio de la Humanidad y los protege la Unesco), cubiertos por completo con preciosos motivos eróticos que representaban escenas del Kamasutra y sexo tántrico con alegría y sin complejos. Mujeres con senos hemisféricos y voluptuosas curvas y hombres musculosos con poderosos falos. Sodomizaciones, felaciones, orgías, relaciones con animales, y todo ello perfectamente conectado con la espiritualidad y la búsqueda del nirvana. La India que siempre sorprende y magnetiza al visitante.

Olvidaba decir que en los templos siempre hay monos. Muchos monos. Ignoro la razón por la cual los monos se congregan precisamente en los templos hindúes, pues no se les ve demasiado fuera de ellos. Así que si alguien ha llegado a leer hasta aquí, y puede completar la información le quedaría muy agradecido. ¿Por qué los templos hindúes están llenos de monos? Ahí lo dejo.

Luego están los palacios. Innumerables palacios de antiguos emperadores, marajás, reyes y demás antiguos jerarcas. A pesar de su precario estado de conservación son de una rara belleza oriental y en ellos los guías nos muestran lo que queda de antiguas dependencias regias, las de sus mujeres (las de los marajás, no las de los guías) , concubinas, bailarinas, aristocráticos invitados, ceremonias solemnes, etc. Los guías son capaces de llenarnos la cabeza con infinidad de nombres impronunciables de infinidad de dinastías indias de infinidad de tiempos y épocas, que superan con mucho la capacidad de retentiva del que esto escribe. Muy recomendables para expertos y eruditos en Historia dinástica antigua y medieval del Hindustán, entre los que reconozco humildemente que no me encuentro.

Si apenas dedico este par de líneas al majestuoso Taj Mahal de Agra y la bella historia de amor que lo originó es porque sería pretencioso por mi parte añadir una sola palabra a todo lo ya escrito y relatado sobre uno de los monumentos más imponentes y emblemáticos del planeta. Pero sí doy fe de su existencia, confirmo que es real, como ya lo hice en su día con la torre Eiffel. Están ahí, no solamente en las postales.

Dedicaré estas últimas líneas a lo que siempre me interesa más de cualquier viaje a un país lejano: la gente. Pasear por sus calles, entrar en sus tiendas, charlar con ellos, visitar sus escuelas, beber algo juntos, intercambiar teléfonos, escuchar historias cotidianas, gastarnos bromas, hablar de fútbol. Sin duda esto es más fácil en Argentina que en la India, por ejemplo, pero tampoco allí es imposible. Es más difícil, eso sí. Nunca me han parecido tan importantes las barreras lingüísticas como las culturales, pero aquí confluyen ambas.

En la India, en contra de lo que muchos creen, muy poca gente habla inglés. Y mucho menos cualquier otra lengua europea. Sólo dominan bien el inglés estratos de la población de educación superior, comerciantes de nivel medio y alto y algunos empleados del sector turístico. Poco más. La gente de la calle, los campesinos, los vendedores callejeros de frutas y verduras, la inmensa mayoría de los bulliciosos transeúntes de pueblos y ciudades sólo habla hindi o cualquiera de la veintena de lenguas regionales de la India. Hablan en hindi y rezan en sánscrito. Y reconozco que no se me dan bien ni el uno ni el otro. Así que casi siempre debía conformarme con juntar las palmas de las manos a la altura del pecho, hacer una leve inclinación de cabeza y decir respetuosamente “namasté”, a lo que ellos siempre respondían con otro entusiasta “namasté”. En efecto, admito que este tipo de conversaciones no va muy lejos en cuanto a profundidad, así que había que apañárselas como fuera para intercambiar algo más de información con los nativos.

Como es lógico no había barreras lingüísticas con guías o empleados de hoteles, pero la misión de unos y otros es servir al turista y conseguir una buena propina, hechos que condicionan de manera notable la relación con ellos. A pesar de todo conseguimos en algunos casos traspasar el umbral meramente profesional y entablar una simpática relación humana. Alguno llegó a confesarnos, en un alarde de sinceridad al hablar de algo tan “serio”, que en su familia de pueblo cuando morían sus vacas de muerte natural se las vendían a los musulmanes, que aprovechaban concienzudamente su sagrada carne. Y otros tabúes similares, que todo el mundo sabe pero nadie menciona.

Algunos de mis ratos más interesantes en la India los pasé en los pocos momentos que tuve oportunidad de pasear solo por alguna ciudad o pueblo. La gente se acerca a los extranjeros y nos pide hacerse una foto con nosotros con su móvil. Los jóvenes estudiantes quieren entablar una conversación sin ninguna prisa y practicar su rudimentario inglés, así que hablamos de sus estudios, de su país, del mío, de cantantes internacionales, de fútbol…Y acabamos por intercambiar teléfonos y prometemos seguir en contacto por whatsapp…

Pero no olvidemos el lenguaje gestual, las miradas profundas, las perennes sonrisas, la inmutable calma de los rostros. Mucha gente me había hablado del tema. De la misteriosa dulzura de la mirada de los indios. Buen número de los turistas que me habían precedido me habían hablado de ella y se habían lanzado a interpretarla: “No tienen nada pero son felices”. Yo no lo sé, la verdad. No me atrevo a decir tanto. No tengo ni idea. Intuyo que quizás el agua corriente y la electricidad en sus casas aumentaría su grado de felicidad, pero quién sabe. Por lo visto los ermitaños jainistas se suben solos a un cerro, van en pelota picada, viven en la naturaleza y se alimentan de hierbajos y plantas. Y así alcanzan el ansiado nirvana, la felicidad completa. Así que ni idea, ya digo. Yo quizás en esas circunstancias me aburriera un poco.

Pero sí me atrevo a afirmar que en quince días no vi una sola disputa, una expresión agresiva, una discusión de tráfico. Vi miles de personas, muchas harapientas, demacradas, cadavéricas,  pero siempre con una expresión de placidez en sus rostros. La única pelea que vi la provoqué yo mismo de manera involuntaria entre dos niños, mientras les repartía lápices y rotuladores y ellos empezaron a pelearse por uno que los dos me habían arrebatado de mi mano al mismo tiempo.

Son gente dulce, sosegada y pacífica. Interpretar el significado real de sus rostros de apariencia siempre alegre y vivaz puede llevar miles de años de cultura y filosofía oriental. Así que intentaré volver con más calma; muy bruto tengo que ser para no aprender algo más en un próximo viaje. Empezaré, si puedo, por llevar estudiado el Kamasutra, que seguro que algo ayuda.

 

 

 

 

Felicidades a los “músicos y músicas”

“Felicidades a todos los músicos y músicas”, decían con entusiasmo. Hasta en tres ocasiones tuve que oír el pasado 22 de noviembre, de voces de periodistas de radio y televisión, la grotesca frasecita. Era el día de Santa Cecilia, patrona de los músicos, así que correspondía homenajear a los que se dedican a esta hermosa profesión, pero para ello no tuvieron el menor reparo en asestar la enésima puñalada alevosa a la lengua española en aras de la interpretación más extravagante y pueril del feminismo.

Seguramente creyeron que con la construcción de semejante rebuzno morfológico estaban haciendo un impagable servicio a la causa de la igualdad de hombres y mujeres, se sentían progresistas y modernos, y después de pronunciar el exabrupto sonrieron ante su micrófono por la satisfacción de saberse contribuyentes a la creación de una sociedad igualitaria y justa.

Pues más bien no. En esta ocasión no se trata simplemente de una pretendida utilización más del disparatado lenguaje llamado inclusivo, sino que la enunciación de la frase, si nos atenemos a su significado en lengua castellana, era otro muy distinto al que pretendían los modernísimos locutores. Estos señores –dos señores y una señora, para precisar- en realidad felicitaron a todas las personas que se dedican a la música, tanto hombres como mujeres (según la definición de la RAE de músico), y además lo hicieron sin querer a los diferentes tipos de melodías, canciones, estilos y composiciones escritas o interpretadas en lenguaje musical, que es lo que vienen a ser las “músicas”. O sea, que felicitaron al chachachá, a la ópera, al gregoriano, al jazz, a los boleros y a la cumbia. Las felicitaron a todas, y todas las “músicas” quedaron muy agradecidas. Eso fue lo que realmente dijeron e hicieron según nuestro código común llamado castellano o español. Pero ellos querían decir otra cosa, sin duda. Así que salió un chiste regular.

Sabemos –y nos lo demuestran cada día- que para ser político, diputado, senador o concejal no hace falta conocer nuestra lengua, ni siquiera haber terminado la primaria. No hay más que escucharlos cada día para constatar esta realidad. Sin embargo, en teoría un periodista ha realizado estudios universitarios y debería estar obligado a conocer la principal herramienta de su oficio: el lenguaje.

No obstante, no creo que fuera la ignorancia la razón por la que los periodistas de turno felicitaban a “músicos y músicas” como si se refirieran a “vascos y vascas”, “compañeros y compañeras” y “todos y todas”, emulando a lehendakaris, podemitas y sindicalistas. No. Probablemente lo hicieron porque cada vez resulta más difícil sustraerse o hacer frente a la tiranía de lo políticamente correcto, en todos los ámbitos sociales. Y el lenguaje no es un tema menor.

No voy a extenderme ahora en detalles técnicos que hacen del lenguaje llamado “inclusivo” (dando por hecho que el correcto es “exclusivo”) una aberración lingüística. Mucho mejor que yo lo han hecho los más prestigiosos expertos y académicos de la Lengua (hombres y mujeres, por cierto), a los que se les ha ignorado sistemáticamente porque en España los que marcan tendencia y al final se llevan el gato al agua suelen ser siempre los más cretinos. Con frecuencia instituciones oficiales de diferentes entes administrativos publican “guías no sexistas” (o de lenguaje inclusivo, o como las quieran llamar) dirigidas a funcionarios, maestros, personal sanitario, etc., que no sólo suponen una burla a las normas más elementales de la gramática castellana, sino también un atentado a la lógica y al principio fundamental de economía del lenguaje. Algunos de estos opúsculos merecen la pena ser leídos porque podrían estar, por méritos propios y sin pretenderlo, en antologías de textos humorísticos. Más surrealista resulta que puedan llegar a ser más o menos preceptivos, es decir, que desde las instituciones obligan a sus destinatarios a renunciar al uso tanto espontáneo como normativo de la lengua para reemplazarlo por una artificial y delirante jerigonza.

Como en tantas otras cosas, en Francia sucede todo lo contrario. En Francia se mima y se protege a la lengua como a un tesoro. Con el idioma, tonterías las justas. Así que después del dictamen unánime de la Academia Francesa, que se había manifestado rotundamente contraria a la aberración “inclusiva” y llegado a afirmar que por esta causa la lengua francesa se encontraba en peligro mortal, el primer ministro Edouard Philippe prohibió la semana pasada la utilización de este tipo de lenguaje en todos los textos oficiales: “Más allá del respeto del formalismo propio de las actas de naturaleza jurídica, las administraciones dependientes del Estado deben adecuarse a las reglas gramaticales y sintácticas, principalmente por razones de inteligibilidad y de claridad”.

Si en España llegase a hacer algo parecido un presidente del gobierno, o lo llegara a proponer cualquier partido político, las hienas que lideran la implacable dictadura de lo políticamente correcto, lo descuartizan. Lo despedazan. Lo desangran sin misericordia.

Y es que empiezo a pensar que el maleficio español es endémico: sea por levantamiento militar o por mandato popular, aquí siempre acaban mandando los más tontos.

“Felicidades a todos los músicos y músicas”, decían con entusiasmo. Hasta en tres ocasiones tuve que oír el pasado 22 de noviembre, de voces de periodistas de radio y televisión, la grotesca frasecita. Era el día de Santa Cecilia, patrona de los músicos, así que correspondía homenajear a los que se dedican a esta hermosa profesión, pero para ello no tuvieron el menor reparo en asestar la enésima puñalada alevosa a la lengua española en aras de la interpretación más extravagante y pueril del feminismo.

Seguramente creyeron que con la construcción de semejante rebuzno morfológico estaban haciendo un impagable servicio a la causa de la igualdad de hombres y mujeres, se sentían progresistas y modernos, y después de pronunciar el exabrupto sonrieron ante su micrófono por la satisfacción de saberse contribuyentes a la creación de una sociedad igualitaria y justa.

Pues más bien no. En esta ocasión no se trata simplemente de una pretendida utilización más del disparatado lenguaje llamado inclusivo, sino que la enunciación de la frase, si nos atenemos a su significado en lengua castellana, era otro muy distinto al que pretendían los modernísimos locutores. Estos señores –dos señores y una señora, para precisar- en realidad felicitaron a todas las personas que se dedican a la música, tanto hombres como mujeres (según la definición de la RAE de músico), y además lo hicieron sin querer a los diferentes tipos de melodías, canciones, estilos y composiciones escritas o interpretadas en lenguaje musical, que es lo que vienen a ser las “músicas”. O sea, que felicitaron al chachachá, a la ópera, al gregoriano, al jazz, a los boleros y a la cumbia. Las felicitaron a todas, y todas las “músicas” quedaron muy agradecidas. Eso fue lo que realmente dijeron e hicieron según nuestro código común llamado castellano o español. Pero ellos querían decir otra cosa, sin duda. Así que salió un chiste regular.

Sabemos –y nos lo demuestran cada día- que para ser político, diputado, senador o concejal no hace falta conocer nuestra lengua, ni siquiera haber terminado la primaria. No hay más que escucharlos cada día para constatar esta realidad. Sin embargo, en teoría un periodista ha realizado estudios universitarios y debería estar obligado a conocer la principal herramienta de su oficio: el lenguaje.

No obstante, no creo que fuera la ignorancia la razón por la que los periodistas de turno felicitaban a “músicos y músicas” como si se refirieran a “vascos y vascas”, “compañeros y compañeras” y “todos y todas”, emulando a lehendakaris, podemitas y sindicalistas. No. Probablemente lo hicieron porque cada vez resulta más difícil sustraerse o hacer frente a la tiranía de lo políticamente correcto, en todos los ámbitos sociales. Y el lenguaje no es un tema menor.

No voy a extenderme ahora en detalles técnicos que hacen del lenguaje llamado “inclusivo” (dando por hecho que el correcto es “exclusivo”) una aberración lingüística. Mucho mejor que yo lo han hecho los más prestigiosos expertos y académicos de la Lengua (hombres y mujeres, por cierto), a los que se les ha ignorado sistemáticamente porque en España los que marcan tendencia y al final se llevan el gato al agua suelen ser siempre los más cretinos. Con frecuencia instituciones oficiales de diferentes entes administrativos publican “guías no sexistas” (o de lenguaje inclusivo, o como las quieran llamar) dirigidas a funcionarios, maestros, personal sanitario, etc., que no sólo suponen una burla a las normas más elementales de la gramática castellana, sino también un atentado a la lógica y al principio fundamental de economía del lenguaje. Algunos de estos opúsculos merecen la pena ser leídos porque podrían estar, por méritos propios y sin pretenderlo, en antologías de textos humorísticos. Más surrealista resulta que puedan llegar a ser más o menos preceptivos, es decir, que desde las instituciones obligan a sus destinatarios a renunciar al uso tanto espontáneo como normativo de la lengua para reemplazarlo por una artificial y delirante jerigonza.

Como en tantas otras cosas, en Francia sucede todo lo contrario. En Francia se mima y se protege a la lengua como a un tesoro. Con el idioma, tonterías las justas. Así que después del dictamen unánime de la Academia Francesa, que se había manifestado rotundamente contraria a la aberración “inclusiva” y llegado a afirmar que por esta causa la lengua francesa se encontraba en peligro mortal, el primer ministro Edouard Philippe prohibió la semana pasada la utilización de este tipo de lenguaje en todos los textos oficiales: “Más allá del respeto del formalismo propio de las actas de naturaleza jurídica, las administraciones dependientes del Estado deben adecuarse a las reglas gramaticales y sintácticas, principalmente por razones de inteligibilidad y de claridad”.

Si en España llegase a hacer algo parecido un presidente del gobierno, o lo llegara a proponer cualquier partido político, las hienas que lideran la implacable dictadura de lo políticamente correcto, lo descuartizan. Lo despedazan. Lo desangran sin misericordia.

Y es que empiezo a pensar que el maleficio español es endémico: sea por levantamiento militar o por mandato popular, aquí siempre acaban mandando los más tontos.

 

No pongáis vuestras sucias manos sobre Serrat

“No me siento extranjero en ningún lugar, donde haya lumbre y vino tengo mi hogar. Y para no olvidarme de lo que fui, mi patria y mi guitarra las llevo en mí”.

Al señor que escribió y cantó esto, entre otras muchas obras maestras de la poesía y música popular contemporánea, ahora le llaman fascista los nacionalistas catalanes.

Este señor, don Joan Manuel Serrat Teresa, fue la persona que puso Cataluña en el corazón de todos los españoles y todos los hispanohablantes sensibles del mundo entero. Cuatrocientos millones de personas saben de la existencia de la lengua catalana gracias a “Paraules d’amor”, “Pare”, “La tieta”, y tantas otras hermosas obras de arte de este artista universal. A este señor los nacionalistas catalanes ahora le llaman fascista.

Como ignoran casi todo, tampoco saben que ha contribuido más y mejor Serrat a la difusión y sobre todo al afecto de la lengua catalana en España y en todo el mundo que todas las campañas coercitivas y totalitarias ejercidas por los sucesivos gobiernos del régimen nacionalista y xenófobo que detenta el poder en Cataluña desde hace cuarenta años.

Estos jóvenes ignorantes que empuñan banderas esteladas en ademán bélico y desconocen incluso la Historia más reciente –porque en las escuelas sólo han estudiado catecismos nacionalistas trufados de embustes – probablemente ignoran que Joan Manuel Serrat, hace cincuenta años y en pleno franquismo, se negó a ir al festival de Eurovisión de 1968 (entonces era un acontecimiento de una magnitud social mucho mayor a la actual) porque impuso como condición cantar en catalán, con las consecuencias que tal afrenta acarreaba entonces.  Y tanto que las tuvo. La dictadura utilizó su omnipotente presión sobre todos los aparatos mediáticos que controlaba a su antojo –qué triste, qué macabra coincidencia con la Cataluña actual- para promover un boicot del artista en radios y recitales, de manera que Serrat se exilió durante varios años en París y México y no volvió a aparecer en TVE hasta 1974. A este señor los nacionalistas catalanes ahora le llaman fascista.

No fue su último exilio. En septiembre de 1975, estando de gira también en México, hizo unas declaraciones en las que mostró su repudio por la pena de muerte tras los fusilamientos que Franco acababa de ordenar y no pudo regresar a España hasta un año más tarde, tras la amnistía decretada tras la muerte del dictador. O sea, el perfil de un fascista de tomo y lomo.

Ahora, en España, en ese “Estado opresor” de 2017 que ellos denuncian ante el mundo, tan represor y fascista que hasta les sale gratis e incluso les da prestigio desobedecer la Ley que emana del Parlamento y la Constitución, burlarse de las decisiones de los jueces, humillar e insultar públicamente al Jefe del Estado, abuchear el himno y quemar la bandera de todos, campan a sus anchas los nuevos y valientes gudaris catalanes. Y estos revolucionarios de nuevo cuño, en el paroxismo de la ignorancia y la estulticia, llaman fascista a Joan Manuel Serrat.

¿La razón? Serrat se atrevió a discrepar- más bien tibiamente-, con la política del régimen totalitarista catalán y su referéndum fraudulento y antidemocrático. Se ha desmarcado del pensamiento único, como hizo respecto al franquismo cuando éste era el imperante y obligatorio, y ha tenido paralelas consecuencias. Aquellos le llamaron rojo; estos le llaman fascista. Qué perverso es el lenguaje en boca de los imbéciles.

El hecho de calificar de fascista a Serrat, si todavía hay algún ingenuo en el planeta que, en un alarde de comprensión y tolerancia beatífica, alberga dudas sobre alguna hipotética coherencia o racionalidad en el nacionalismo catalán -, debería ser suficiente motivo para disiparlas. El fanatismo es ciego y demente.

El propio Serrat, con la bonhomía y lucidez que le caracteriza, se ha limitado a decir que los que le han llamado fascista no saben lo que es el fascismo. No lo saben, como no saben casi nada, pero sería muy fácil explicárselo. Fascismo es señalar, condenar al ostracismo y hasta amenazar de muerte al disidente o difundir proclamas racistas y xenófobas. Fascismo es humillar e insultar al que no opina igual, al que se sale del rebaño militarizado. Fascismo es, exactamente, lo que ellos llevan muchos años ejerciendo en Cataluña envueltos en una bandera de patriotismo excluyente y supremacista. El mundo al revés, una broma sórdida.

Serrat cantó y divulgó a Machado, Hernández, Benedetti y escribió “Lucía”, “Romance de Curro el Palmo”, “Mediterráneo”, “Vagabundear”, “Aquellas pequeñas cosas” … Serrat hizo y sigue haciendo el mundo un lugar más hermoso y habitable a través de sus sublimes composiciones artísticas, y probablemente su música y ese corazón que le tiembla en la garganta regaló muchos de los momentos más memorables y emotivos de sus vidas a los padres de esos mamarrachos que ahora le llaman fascista.

Haced lo que queráis con vuestras banderas y vuestro odio, pero no pongáis vuestras sucias manos sobre Serrat. Porque Serrat es mío y de todos.  Incluso vuestro, aunque no lo sepáis, mequetrefes ignorantes de aldea.

 

 

 

 

Cuando España salvó a Cataluña

En la retórica victimista del independentismo catalán resulta rutinario referirse a España como Estado opresor, antidemocrático, franquista, fascista, dictatorial y todos los improperios grandilocuentes que les vengan a su infantilizada mente con tal de denigrar a nuestro país. Los más jóvenes tal vez se lo crean, pues lo han mamado en las madrasas de adoctrinamiento talibán independentista desde que tenían tres años. Pero los mayores, los que vivieron una verdadera dictadura y saben de auténticas penurias saben que se trata simplemente de un inmoral ejercicio de propaganda malintencionada y xenófoba. Y les viene de perlas si encima los palmeros de Podemos, que aún hay gente que identifica con izquierda, les hacen la ola y juegan al poco glamuroso papel de tontos útiles, pues para ellos vale todo con tal de llegar al poder y desalojar del gobierno a su denostada “casta”. Tontos útiles porque encima les va a salir el tiro por la culata.

No cabe duda de que los nacionalistas catalanes (sólo los nacionalistas, no caigamos en la amalgama), basan una gran parte de su discurso en una indisimulada hispanofobia, pues ésta resulta fundamental para alimentar entre sus filas la desafección, cuando no odio, por España. En una pirueta de cinismo que sirve a sus maquiavélicos intereses, son capaces de invertir la realidad y transmutar su hispanofobia en una supuesta e imaginaria catalanofobia por parte de España y los españoles, en un desesperado intento de llevar a su redil al mayor número de ovejas esteladas posible. España nos roba, España nos oprime, España ataca nuestra lengua, España es malísima con nosotros. España es Franco, España es el demonio.

No me voy a extender en demostrar una a una la inconsistencia y falsedad de sus grotescas consignas, pues chocan contra toda evidencia y no resisten el menor análisis. Dicen que a enemigo que huye, puente de plata. Así que supongo que no les odiaremos tanto, pues nadie quiere que se vayan. O casi nadie.

Como era de esperar, la aplicación por parte del Gobierno y el Senado del artículo 155 de la Constitución, tras una catarata de ilegalidades y delitos de los gobernantes catalanes y la destitución del gobierno de la Generalidad ha sido interpretada por ellos y sus partidarios como un nuevo y abominable ataque de España a Cataluña, una humillación a la patria catalana y la apoteosis de la opresión y la catalanofobia española que enarbolan por bandera. Ahora, desmontada su farsa independentista y convertida en esperpento su república catalana de la señorita Pepis, algunos buscan la épica perdida en el gesto revolucionario del “exilio”, queriendo emular a Tarradellas, Casals y otros grandes catalanes que tuvieron que huir de una verdadera dictadura. Cualquier comparación entre unos y otros resulta un insulto a la inteligencia, pero siempre habrá quien les compre su cochambrosa motocicleta.

Porque paradójicamente, y en contra de lo que afirman los irredentos nacionalistas, la aplicación del artículo 155 de la Constitución (suavemente y con mucha vaselina) ha salvado de una catástrofe histórica a toda Cataluña, incluyendo a los furibundos independentistas que despotrican y babean espumarajos contra el mismo. Hablando claro: les ha salvado el culo en el último minuto del partido.

Si España, su gobierno y su parlamento fueran verdaderamente “catalanófobos”, no hubieran movido un dedo. Bastaría con no reconocer la independencia de Cataluña (por unilateral, ilegítima e inconstitucional) y dejar la nueva “república catalana” a su libre albedrío. Puigdemont, jefe de Estado. Junqueras, presidente, etc. ¿Qué hubiera pasado? En primer lugar, total aislamiento internacional: ningún país europeo la hubiera reconocido. Salida inmediata de la UE. Fronteras. Aranceles. Éxodo todavía más masivo de empresas…a España. Hundimiento vertiginoso de la economía catalana. Sueldos y pensiones que no se cobran. Caos jurídico y laboral. Contenciosos nacionales e internacionales. Probable violencia en las calles. Saqueos. Revueltas. Y quién sabe qué más calamidades.

Políticamente parece bastante plausible que la UE, atemorizada por el posible efecto dominó de otros territorios europeos, hubiera empleado Cataluña como chivo expiatorio para disuadir a otras regiones de seguir el mismo camino, y dar a su nueva república unilateral un tratamiento cruel y ejemplarizante. No pocos dirigentes europeos han manifestado que la creación de nuevas fronteras dentro de Europa sería el fin del proyecto europeo. Si a la nueva Cataluña independiente no se le da ni agua seguro que las veleidades aventureras de otros territorios se verían bastante apaciguadas. Europa ha respirado aliviada al comprobar que Cataluña sigue y seguirá en España y en Europa.

Y Cataluña, la verdadera Cataluña, también. Para la mayoría de los catalanes de a pie se ha acabado la pesadilla del inefable “prusés”. Estamos a fin de mes y cobran su sueldo y su pensión. Siguen teniendo un pasaporte europeo. Los estudiantes podrán ir de Erasmus. El Barça sigue líder a ocho puntos del Madrid. La vida continúa apacible y primaveral en la bella Cataluña.

Y todo gracias al artículo 155 de la opresora España, que tanto les odia. Hay amores que matan, pero también hay “odios” que devuelven a la vida. De nada, queridos catalanes, ha sido un placer.

 

¡Es la propaganda, estúpidos!

El que esto suscribe ha mantenido, por razones personales, estrechos vínculos con Cataluña y muchos catalanes.

También con la cultura catalana. Puedo decir aquí, con una cierta falta de pudor, que hablo catalán con bastante solvencia, y son catalanes muchos de mis referentes artísticos. Siempre lo han sido. En pintura Dalí y Miró. En música contemporánea Serrat, pero también Lluís Llach, músico gigante que compuso temas tan memorables como “L’estaca”, “I si canto trist” o “Que tinguem sort”, y que ahora se ha erigido como uno de los máximos exponentes del nacionalismo secesionista. El teatro catalán estaba siempre unos pasos por delante del resto de España: “Els Joglars”, “Els Comediants”, “Tricicle”…En literatura cito entre mis autores favoritos a Eduardo Mendoza, Juan Marsé o  Quim Monzó, este último tal vez uno de los mejores autores de cuentos de la literatura actual, y al que leo siempre en catalán. Sirva esta pequeña introducción para decir que amo Cataluña, y que incluso he sentido siempre una cierta querencia y hasta predilección por el dinamismo y vanguardia de esta región, que de alguna manera he hecho mía al aprehenderla a través de su lengua y su cultura.

Y creo no ser el único español, nacido lejos de Cataluña, que comparte conmigo sentimientos similares.

Entonces, ¿qué ha pasado para que millones de catalanes, otrora abiertos, dinámicos y cosmopolitas, ahora hayan abrazado con fruición un nacionalismo cerrado, insolidario y supremacista? ¿Qué ha pasado para estar donde estamos? Me niego a aceptar como razón de peso el recurso de inconstitucionalidad de algunos de los artículos del Estatuto de Autonomía de 2010; es un lugar común que se ha repetido hasta la saciedad pero que no soporta la menor argumentación seria. No es cosa de días ni de meses. El secesionismo catalán se ha ido cociendo durante muchos, muchos años, en dos ollas paralelas: el adoctrinamiento escolar y los medios de comunicación públicos de Cataluña.

Hoy me referiré a estos últimos y a mi propia experiencia personal. Cuando llegué a Mallorca, allá por 1984, lo primero que hice fue comenzar a estudiar catalán. (O mallorquín, como quieran llamarlo, que no seré yo quien discuta por un matiz de nomenclatura). Entonces no era obligatorio saberlo ni estudiarlo; lo hice por simpatía y afecto hacia mis nuevos vecinos y amigos mallorquines. Y por amor al idioma catalán, una lengua que suena a mar y huele a pinos, almendros y olivos. Una hermosa lengua.

No hacía mucho que había nacido TV3, y al poco tiempo ya se podía ver en las Islas Baleares. Decidí que TV3 sería mi principal profesora de catalán, y la convertí en mi cadena de cabecera. Y además tenía una calidad técnica notable: creatividad, imaginación, locutores de impecable dicción, buenos documentales y poca basura de chismorreo. Desde el punto de vista formal, era una buena televisión.

Pero dentro de este magnífico envoltorio se hallaba un vehículo de propaganda nacionalista que iba horadando con relativa sutileza el pensamiento del espectador, y cuya eficacia se ha demostrado incontestable. Insisto en que no es cuestión de días, sino de casi cuarenta años.

Algunos ejemplos. Ni que decir tiene que toda su programación se emitía exclusivamente en catalán, sin un minuto de concesión al castellano, aunque éste fuera y siga siendo el idioma materno de la mayoría de la población catalana. Pero esto no es lo más relevante. En sus informativos se referían, ya desde sus comienzos, a Cataluña como un país independiente europeo, y cuando por necesidades de actualidad debían referirse a acontecimientos del resto de España, se referían al Estado, como un mero ente administrativo. Sospecho que la palabra España estaba proscrita en su libro de estilo, como si de un tabú se tratase, y debía considerarse como territorio extranjero a todos los efectos. Recuerdo una entrevista a una emigrante latinoamericana en la que la presentadora tuvo que hacer malabarismos porque al preguntarle cuanto tiempo hacía que estaba en el “país”, la mujer contestó que cuatro o cinco años, porque ésta entendió que se refería a España, y llevaba ya varios en otros lugares. Es obvio que la presentadora se refería a Cataluña, así que se produjo un diálogo propio de los hermanos Marx. Estas cosas eran frecuentes. Pero lo peor era la xenofobia y racismo hacia lo español que destilaban muchos de sus contenidos. En sus reportajes sólo hablaban en castellano delincuentes, putas y patanes. En las series de televisión lo mismo: el castellano estaba reservado para personajes villanos, chachas y pijos engominados, preferiblemente con acento andaluz. Por el contrario los héroes y los buenos eran siempre catalanes de pura cepa, sin sangre contaminada por los meridionales advenedizos.

Tal vez lo más denigrante fueran los debates políticos, a los que, a pesar del pensamiento único nacionalista que regía los destinos de la casa, pretendían maquillar con una cierta pluralidad. Eran frecuentes los “debates” sobre identidad catalana, lengua propia y demás mantras del catalanismo. Y para dar al asunto apariencia de debate traían al plató a algún representante de la posición contraria, que era, como es de imaginar, el más tonto, el más cetrino, la más choni o sencillamente el más feo. O preferiblemente, una combinación de todo ello. La estrategia xenófoba funcionaba: el discurso supremacista se transmitía a través de una ilusoria y manipulada pluralidad. Los catalanes son altos, guapos, rubios y buenos. Los españoles (incluidos charnegos) son (somos) chaparros, feos, cetrinos y malos. El mensaje ha calado. No hay mensaje que se resista a cuarenta años de televisión pública racista, especialmente si va de la mano del control absoluto de la educación, en la misma línea.

No olvidemos que cuando murió Franco en 1975, tras cuarenta años de dictadura y adoctrinamiento, probablemente la mayoría de españoles era franquista, o al menos, no antifranquista. Somos muy manipulables, más de lo que nosotros nos creemos. No hay que subestimar el demoledor poder de la propaganda. Gracias a ella –entre otras cosas- estamos donde estamos.