Aulas malsonantes

Trato de explicar a mis alumnos de secundaria que las lenguas, todas las lenguas, poseen diferentes registros, y no es apropiado utilizar el mismo tipo de lenguaje en una conferencia universitaria que tomando cañas con los amigos en un bar. Ni estando en un centro escolar, en presencia de profesores adultos, que haciendo botellón en donde puedan o les dejen. No les resulta fácil de entender. Y no me extraña.
“Vete a tomar pol culo”. “De puta madre, tío, de puta madre”. “Déjame el cuaderno, tía, no seas cabrona”. “Coño, vaya hostión que s’a dao” Y así las que quieran. Estas expresiones, tan habituales y cotidianas ellas, no están recogidas en el patio de un centro penitenciario, ni en una cantina de soldados, ni en una taberna llena de borrachos a las dos de la mañana. No. Las he escuchado, las escucho a diario, en los pasillos y patios de un prestigioso instituto de nuestra ciudad, a veces en las mismas aulas, en un centro educativo. Por los alumnos y alumnas, sin distinción de sexo; en este aspecto puede estar contenta la ministra de Igualdad. De hecho podrían escucharse, de modo habitual, en cualquier recinto académico de la geografía española por críos –y crías- que no han cumplido los doce años. Así que no digamos en un parque, en una plaza o cualquier lugar de la calle, por muy rodeados que estén de adultos, entre los que, a veces, se encuentran sus mismos padres.
Hay mucha gente que esto le parece de lo más moderno, natural, fresco y espontáneo. Vamos, que es progre y de buen rollo, y que hablar con corrección y cortesía es algo desfasado y cursi, y hasta los hay que tienden a asociarlo con los “tiempos de Franco”. Hablando en clase del tema, una niña de trece años confesó el otro día que si no hablaba con tacos los demás se reirían de ella. Da qué pensar.
Así que, con gran clarividencia progresista, a base de modernidad y tolerancia absoluta, hemos conseguido que nuestro país detente el dudoso honor de ser tal vez uno de los que peor se habla del mundo –y no me refiero ahora a lo estrictamente gramatical, que esa es otra- sino al volumen y frecuencia de tacos, expresiones soeces y palabras malsonantes por minuto, sin discriminación de lugar, sexo, contexto, edad o condición social o cultural. En este aspecto, democracia plena. De la televisión al supermercado, de la tienda al parlamento (“Manda huevos”, Trillo dixit), del salón de casa a la escuela o instituto nadie se reprime un juramento o el taco más maloliente, así estuviera en presencia del mismísimo Papa de Roma. Somos, sin duda, los más modernos.
Alguien podría inferir de mis palabras que siento inclinación hacia el lenguaje remilgado o que detesto los tacos. Nada más lejos de la realidad. Nuestro vocabulario es rico en tacos y exabruptos, y el habla de germanías ocupa un destacado lugar en nuestra tradición literaria. Precisamente por el carácter transgresor, sonoro y vocativo del taco hay que preservarlo para los lugares que por derecho y naturaleza le corresponde. Si un taco es pronunciado sin el menor pudor por una niña de doce años en un colegio ha perdido su esencia rompedora y se vacía de la expresividad que le es propia. El taco debe ser un bocinazo en el discurso, una punzada expresiva que rompe la monotonía de la oración.
El taco, el juramento, la expresión deliberadamente soez tiene su lugar, su ámbito, su territorio, y por su condición transgresora sus límites deben estar perfectamente marcados en los rincones oscuros, en los derroteros de la clandestinidad. Y éste no puede ser precisamente la escuela. Si el taco pasa a engrosar las filas del lenguaje cotidiano e incluso del supuestamente académico pierde el “encanto” de su propia grosería, la que se propone el que lo profiere. Ya no es nada; apenas una muletilla inexpresiva que no denota más que incultura, mala educación y zafiedad.
Sería largo analizar las razones por las que hemos llegado a esta aberración cultural que supone saltarnos a la torera los registros idiomáticos. Lo cierto es que los dirigentes políticos del “todo vale” y el buen rollito, los que siguen confundiendo la velocidad con el tocino, no sólo han conseguido una sociedad maleducada en todos los sentidos de la palabra, sino que además nos han robado la esencia de uno de los adornos más ricos y tradicionales de nuestra lengua castellana: el taco.

5 comentarios:

Autor: javiercornejog

Artículos publicados por Javier Cornejo en diferentes medios

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