El ministerio y el churrero

¿Saben ustedes qué es un ministerio? No me refiero al del sacerdocio, sino a esos gigantescos entes administrativos, que se supone que son algo así como sucursales especializadas del gobierno y cuya cabeza visible es un señor o señora llamado ministro, en el primer caso, o ministra en el segundo. Bajo las órdenes de éstos hay un sinfín de cargos de simpatiquísimos nombres, tales como secretarios generales, subsecretarios, directores generales técnicos, etc., y según uno va descendiendo de las pirámides de jerarquía se encuentra, probablemente, con unos señores o señoras, que trabajan en esos lugares y que atienden al no menos simpático nombre de funcionarios. Para que ustedes se vayan centrando geográficamente, digamos que normalmente estos lugares, en el caso de España, se hallan en Madrid.
Pues bien, esas instituciones pertenecientes al gobierno de alguna forma tienen la potestad de conducir la vida de los ciudadanos en diferentes ámbitos, así que uno tiende a creer que esos enormes edificios de la capital están llenos de una vida interior muy rica en donde se cuecen las dichas y desdichas de uno. Por ello, tal vez en un exceso de romanticismo, las he llegado a considerar como una entrañable extensión del hogar.
De forma que, con la confianza de saber que uno está llamando a la puerta de la casa de su familia, a veces intento ponerme en contacto con ellos. No lo hago como evasión, entretenimiento o para interesarme por la salud de sus hacendosos funcionarios (aquí debo excusarme por mi poca delicadeza y falta de misericordia) sino para solventar alguna duda que me atañe, o realizar alguna diligencia a la que estoy obligado, normalmente, por ellos mismos. Y entonces me embarco en un singular proceso, cuyas fases, con su permiso, les voy a relatar.
Primera fase. Tecleo el nombre del ministerio del que imploro su asistencia en el google, y en décimas de segundo encuentro la página web del ministerio correspondiente. Hasta ahora, todo marcha sobre ruedas. Todos los ministerios tienen una preciosa página web, muy profesional ella, que además permite la opción de dirigirse a ellos por correo electrónico para realizar la consulta que uno tenga menester. En aras de molestar lo menos posible a los funcionarios, que imagino siempre ocupadísimos, expongo mi consulta por correo electrónico, saludo atentamente y agradezco de antemano la respuesta que supongo me enviarán (que por falta de cortesía no quede), y le doy al botoncito “enviar”. Pues bien, debo decir que he efectuado consultas a tres o cuatro ministerios una media docena de veces y éste es el día en que estoy esperando respuesta a alguna de ellas. La primera fue hace más de tres años.
Segunda fase. Dada mi experiencia algo desafortunada a través de la cibernética, recurro al más tradicional método del teléfono. En las páginas web figuran los teléfonos de los diferentes departamentos ministeriales, así que trato de averiguar cuál es el que más se ajusta a mi consulta y marco las teclitas correspondientes en el teléfono. Aquí los resultados varían:
Caso 1. Me contestan de Churrería García, y me dicen que ya están hartos de que les llamen preguntando por el “menisterio” ese. El churrero se muestra algo agresivo verbalmente. Busco otro número.
Caso 2. Es el más frecuente: el teléfono está siempre comunicando. Cuando digo siempre, es siempre, en términos absolutos. Uno puede llamar a las nueve, a las once, a la una o a las dos y cuarto. Puede llamar una o doscientas veces, el número siempre estará “ocupado”. Siempre. Busco otro número, preferiblemente que no coincida con el de Churrería García.
Caso 3. Alguien, de ese ministerio (aleluya), contesta el teléfono con tono resignado y quejoso. Uno expone la consulta, y tras dos o tres minutos de exposición le dicen dos palabras que auguran un penoso deambular: “Le paso”. O sea, que allí no es y le pasan con otra extensión. Si la comunicación no se corta en la conexión (lo más común), uno vuelve a hacer la exposición a otro funcionario, que a su vez realiza la operación del anterior y pone fin al apasionante relato con las dos palabras mágicas del manual: “Le paso”. Esta travesía de teléfonos y repetición del asunto puede repetirse hasta cinco o seis veces, hasta que, o bien se corta la conexión en alguna transferencia, o bien, el último funcionario le dice que usted tiene que llamar a tal otro número. Escribo el número, pacientemente, y al colgar cotejo, con horror y desesperación, que es el que está siempre ocupado, es decir, el “imposible”. O, aún peor, el de Churrería García.
Caso 4. En el utópico caso de que uno, en un irrepetible guiño de la diosa fortuna, dé con el departamento adecuado, le dirán que la persona que lo lleva no está, que está enferma o de vacaciones, y que no saben cuándo volverá a su puesto. Hace poco, conseguí hablar con alguien del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales. Era la semana del 1 de mayo, y una funcionaria me dijo que “cómo se me ocurría llamar esa semana, habiendo puente…” (sic).
Caso 5. Le contestan máquinas con voz metálica y le castigan con músicas tipo máquinas tragaperras, con el inequívoco objetivo de que desista o de provocar al usuario un ataque de histeria. De este caso hablaré largo y tendido en otra ocasión, pues merece capítulo aparte por lo cruel y despiadado.
Tercera fase. Pensando que la comunicación telefónica sea tal vez un medio demasiado avanzado para conseguir información, recurro a la carta, ese tradicional sistema de papel escrito, sobre y sello pegado con lengüetazo. La envío, y al cabo de trece meses (repito, trece meses) recibo carta de respuesta en la que se me dice que para conseguir la información llame a un número de teléfono.
No es preciso decir que a esas alturas ya no necesito la información, pero, por curiosidad, cotejo el número de teléfono. Sí, lo han adivinado: es el de Churrería García.

Autor: javiercornejog

Artículos publicados por Javier Cornejo en diferentes medios

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