El misterio de Raúl

No se preocupen, que no hablaré de fútbol. Buenos profesionales de este diario lo harán con bastante mejor criterio que yo algunas páginas más adelante. No hablaré de fútbol, sino de misterios.
La transustanciación de la sangre de Cristo. Los buques engullidos por las aguas en el triángulo de las Bermudas. La Santísima Trinidad, tres personas en una y un solo Dios verdadero. Bush elegido dos veces presidente de Estados Unidos por el sensato pueblo americano. Un señor llamado Aznar ganando las elecciones por mayoría absoluta en España. La comprensión de estos misterios, ciertamente complejos y aparentemente inextricables, es un juego de niños comparado con el que se me antoja el padre de todos ellos: el misterio de Raúl.
Pero, ¿quién es Raúl? Raúl González Blanco fue, hace algunos años, un futbolista habilidoso, que se caracterizaba por una cierta picardía, un notable oportunismo cerca de la portería rival y un encomiable coraje. Nunca fue un gran atleta, ni brilló por la creación en el juego ni fue un prodigio de técnica. Digamos que fue, con cierta generosidad en la descripción, un buen jugador de fútbol. Y repito, de esto hace años.
¿Quién es ahora? Cuando cada semana el Real Madrid juega sus partidos sale al campo (porque es titular por Real Decreto, sospecho), intercambia un banderín con el capitán del equipo contrario, le estrecha su mano y…se pone a correr por el césped como una gallina recién descabezada. Cuando el contrario posee el balón persigue a su dueño en alocada e infantil carrera, mientras éste lo ignora, pues apenas una leve torsión de cintura deja sentado en el suelo al pobre Raúl, pero se levanta y persigue desesperadamente al nuevo poseedor, sin conseguir casi nunca arrebatar el esférico al rival. Parece que al público estas alocadas persecuciones le gustan, y entonces se hacen lenguas de sus atributos viriles, y aseguran que deben de ser de voluminoso tamaño, asunto que no es baladí en nuestra ibérica piel de toro. Cuando el balón pasa por sus botas intenta deshacerse de él, pero a veces no tiene tiempo y lo pierde; entonces persigue de nuevo al contrario, ahora más iracundo y enrabietado, y los rivales juegan con él como con un perro al que le tiran una pelotita para que corra tras ella y la traiga entre sus dientes. Pero suele volver con la boca vacía. Desesperado, se coloca cerca de la portería rival, buscando un rebote, un rechace o una carambola que le conviertan en “autor de gol”. Cuando esto sucede, se besa su anillo y comienza a hacer ostentosos aspavientos señalándose su número con los pulgares, como quien señala el ombligo mismo de la Humanidad. La hinchada entra en éxtasis colectivo. Y es que lo que más le gusta a Raúl es ser “autor de gol”. Y es autor de muchos, muchísimos, porque es costumbre balompédica atribuir la autoría de un gol al último jugador cuya bota tiene contacto con el balón antes de entrar en la portería, siquiera la roce, aunque no haya tenido la menor participación en la creación de la jugada que propició el tanto. Viene a ser, salvando las distancias, como si la autoría de un libro se atribuyese al encuadernador, que es quien le da el último toque antes de estar en las librerías.
Y aquí viene el llamado misterio de Raúl. Este jugador, que no desentonaría en el banquillo de un equipo de segunda división, es sin embargo un astro gigantesco del balompié, su fotografía inunda los medios de comunicación y la publicidad de conocidas marcas comerciales. Es aclamado por las multitudes, los periodistas lo veneran, los niños sueñan con llevar la camiseta con su dorsal. Es titular indiscutible para todos los entrenadores que han pasado por su equipo (¿habrá una cláusula secreta en sus contratos que les obligue a alinearlo siempre?), y es considerado como la médula ósea, el corazón y sobre todo las glándulas reproductoras del equipo más importante de la Historia del fútbol. Y su incuestionable capitán. El Gran Capitán, lo llaman, con mayúsculas. Se le idolatra un día sí y otro también, y su ausencia en la selección nacional está a punto de convertirse en cuestión de Estado. Empiezo a barruntar multitudinarias manifestaciones, turbas enloquecidas y algaradas callejeras si finalmente no es el capitán de España.
Así que cuando contrasto lo que yo veo en el campo y lo que ve el resto de la Humanidad me acuerdo de la película El show de Truman, en la que un personaje vivía en un mundo virtual, inexistente, y era el único que no lo sabía. O él o yo. O Raúl vive en un mundo virtual rodeado de una filarmónica de figurantes mediáticos con arrolladora repercusión nacional, o soy yo el que se encuentra solo en una hipnótica percepción, desnudo como el Emperador del cuento de Andersen. Bueno, percepción tal vez compartida con el seleccionador nacional, al que poco le falta para tener que dar cuentas ante el Parlamento por no ver en Raúl méritos suficientes para elevarlo al olimpo de los elegidos patrios. Para empezar mañana se verá obligado a justificarse ante el país en televisión. Pobre “Zapatones”, solo ante el peligro, como Gary Cooper. Si estuviera en su pellejo yo no dormiría tranquilo y cerraría bien la puerta de casa por las noches. Nunca se sabe.

Autor: javiercornejog

Artículos publicados por Javier Cornejo en diferentes medios

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