Gudaris de panza llena y kalimotxo

La madre de Carlos Palate, ecuatoriano abatido por ETA con una bomba de varios cientos de kilos, no sabe cómo son los colores de la bandera de Euskadi, porque es ciega. Probablemente tampoco lo sabría aunque no lo fuera, y tampoco sabe qué es ni donde está Euskadi, ni en qué consiste la lucha armada que los aguerridos soldados vascos dicen librar en nombre de su ancestral patria. Ahora llora por su hijo muerto, que ella no creía enemigo de nadie. Ni siquiera de esa patria vasca por la que se lo han matado.
Carlos Palate estaba preparado para la miseria, que conoció muy bien, para recoger naranjas de sol a sol, para trabajar duro en una fábrica lejos de su país y así poder enviar trescientos dólares al mes para la manutención y los medicamentos de su familia, en Ecuador, y también para ir pagando poco a poco la deuda que contrajo para reunir el dinero para emigrar a España. Estaba preparado para el hambre, para el sacrificio y para la nostalgia, pero no para los doscientos kilos de explosivos con que ETA le reventó en nombre de la liberación de la patria vasca.
Porque en Ecuador, como en otros muchos lugares del mundo mísero, saben de injusticia, de lucha social, de liberación del oprimido. Así que tal vez no se imaginen que el oprimido vasco, el valiente gudari y los que le apoyan vive en una buena casa con calefacción, conduce un buen coche, y los sábados come chuletones de buey de medio kilo o tortilla de bacalao, o se harta de pintxos y txikitos en las herriko tabernas (las tabernas del pueblo, las llaman), rodeados de carteles con fotografías de sus heroicos mártires, esos pobres chicos a los que la opresora España tiene presos en cárceles (algunas alejadas de Euskadi, qué crueldad) total por haber matado a diez o doce personas, los angelitos. No hay derecho, así que cuando se han puesto hasta arriba de txikitos o kalimotxo y se empiezan a aburrir se van a la calle a quemar un par de autobuses o a destrozar algunas tiendas o locales públicos, que allí su policía es muy comprensiva y por hacer estas menudencias normalmente no pasa absolutamente nada. Faltaría más. Cuando han terminado la noche de fiesta revolucionaria (también llamada kale borroka), se van a casita, dan un besito de buenas noches a papá y a mamá y duermen profundamente en el confortable caserío, satisfechos y orgullosos de haber aportado su granito de arena a la liberación del oprimido pueblo vasco. Tal vez en Ecuador no saben que muchos de estos chicos que matan o se identifican con los que matan en nombre de la injusticia y de la opresión pueden gastar en una noche de juerga con la cuadrilla “revolucionaria” lo que una familia ecuatoriana consigue en un mes de trabajo en el campo. No saben lo dura que es su vida, tan oprimidos por el infame Estado español. Tampoco saben que sus enemigos opresores-cualquiera que no piensa como ellos- tienen que vivir con guardaespaldas, no pueden ir a muchos sitios, ni decir libremente lo que piensan, o se han tenido que marchar por miles del País vasco, de su propia tierra, porque si no se arriesgan a recibir un tiro en la nuca o a morir reventados por la metralla de una bomba, como le pasó a Carlos. Aunque éste ni siquiera decía ni probablemente pensaba nada de los vascos, ni tan siquiera vivía allí. Así que ya ven que es sumamente fácil ser enemigo de la causa vasca y por tanto víctima.
Algunos de los políticos de la legendaria Euskal Herria, que además de muy vascos también son muy comprensivos y enrollados, justificarán sus travesuras juveniles, y responsabilizarán de ellas a la opresora España, o a sus infames jueces y fuerzas de seguridad, que se empeñan en detener y a veces juzgar a sus valientes soldados liberadores, los muy tiranos e intolerantes. Es que no hay derecho, insisten.
Algunos de estos políticos enrollados, que son unos canallas pero no del todo idiotas, tal vez deberían explicar a la madre de Carlos Palate porqué su hijo tuvo que morir reventado mientras echaba una cabezada en el aparcamiento del aeropuerto de Madrid para liberar al pueblo vasco de la opresión. Quizás el modernillo, achulado y deliberadamente informal Otegi o el orondo Barrena, tan locuaces y dialogantes ellos, podrían viajar a la aldea de Palate en Ecuador y explicar a su familia rota porqué ETA, su organización armada, tuvo que realizar tan portentosa y audaz acción militar en Madrid para abatir con doscientos kilos de explosivos al feroz enemigo del pueblo vasco: dos trabajadores inmigrantes ecuatorianos que encontraron la muerte por tener que emigrar de su país huyendo de la miseria. En el colmo del cinismo estos gudaris batasunos han declarado que la muerte de los ecuatorianos les ha causado “hondo pesar”. Qué buen corazón, qué nobles, qué dignos…Qué ganas de vomitar.

Autor: javiercornejog

Artículos publicados por Javier Cornejo en diferentes medios

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