Una lección de civismo y tolerancia

Habían sido agraviados. Habían sido vejados y humillados. De ellos, de su cultura, de su etnia, había hecho escarnio público una docena de caricatos en una canción de Carnaval -“probos” agentes de policía, qué sarcasmo-, y para realzar el oprobio un ilustrísimo jurado había concedido a los simpáticos “cantautores” el primer premio a la mejor letra, cuatro mil euros y su ración de gloria. Qué humor tan fino, qué sutiles, qué ingeniosos los insultos, debieron pensar. Aún deben de estar desternillándose de risa los eruditos miembros del jurado.
Como respuesta a esta afrenta los responsables políticos de la ciudad habían reaccionado con una tibieza pusilánime y se habían limitado a “rechazar” el contenido de la vergonzosa chirigota, y pedir a los célebres “Polluelos” que, -si no les servía de molestia, supongo-, pidieran disculpas. Para acabar de redondear el despropósito ahí se acababa la reacción de “sus” representantes políticos. No cabe duda: había sobrados motivos para la indignación y la rabia. La de todos: la de los ofendidos directamente y la de los demás; la de todos los que pensamos que el racismo es una lacra indeseable y lacerante que es preciso erradicar de una vez por todas.
Y también había motivos, casi necesidad, de manifestarse en la calle. De manera contundente e inequívoca. “Contra el racismo. Por la convivencia”. El lema era tan claro que no dejaba resquicio a dudas: allí debíamos haber estado todos, codo a codo, al lado de los ofendidos, solidariamente, demostrando que sabemos, podemos y deseamos vivir juntos. Y hacer bueno el eslogan de la ciudad: la de las cuatro culturas.
Pero no fue así. Sólo la comunidad musulmana acudió a la cita y algún enajenado suelto como el que esto escribe, que pensamos que debíamos caminar junto a los insultados, porque en el fondo los insultados éramos todos. Me encontré rodeado por miles de musulmanes, pero…¿y los no musulmanes? ¿Dónde estaban los ceutíes no musulmanes de bien, dónde estaba toda esa gente abierta y tolerante que compartía la lógica indignación de los que habían sido ultrajados? Miraba a mi alrededor y no veía a nadie. Eran muchos, muchísimos, pero estaban solos. Qué pena.
A pesar de tanta vergonzosa ausencia, la manifestación fue una magistral lección de civismo y tolerancia. Los musulmanes de Ceuta supieron contener la rabia y la indignación y responder a la afrenta con llamadas a la paz y a la convivencia. Escrupulosamente pacíficos en sus actos y en sus voces. Ni una sola consigna de venganza, ni un ataque a la comunidad cristiana, ni un sólo insulto a nadie (excepción hecha de los chirigoteros, más que comprensible). Expresaban su dolor sin ofender, se defendían sin atacar. “No somos animales, somos musulmanes”, “Vivas dimisión”, “El pueblo unido jamás será vencido”, “Ceuta herida”, “No somos animales, somos caballas”.
Y si fue una gran demostración de civismo no lo fue menos de integración. Banderas de Ceuta, todas las consignas en español, las pancartas en español, a pesar de ser el árabe la lengua materna de la inmensa mayoría de los participantes. Todo un ejemplo de identificación con su ciudad, Ceuta, y con su país, España.
Los parlamentos en el acto final de la Plaza de África fueron tan beatíficos y comedidos que parecían escritos por la mismísima Madre Teresa de Calcuta: alusiones a Martin Luther King, Mahadma Ghandi, a la paz, a la convivencia, a la fraternidad. Empezando por el minuto de silencio observado religiosamente por todos los asistentes en memoria de las víctimas del 11-M. Ni una alusión altisonante, ni una descalificación, ni un solo grito ofensivo hacia nadie. Toda una lección de civismo y tolerancia.
Quiero acabar permitiéndome una debilidad sentimental. En un momento determinado Mohamed Alí dio las gracias a los no musulmanes que habíamos participado en la manifestación. Y la gente rompió en un impresionante aplauso. Yo estaba en medio de la multitud, rodeado de musulmanes. No había ningún otro no musulmán en las inmediaciones, al menos que fuera fácil reconocer por sus rasgos étnicos. Así que los que estaban a mi alrededor, mujeres con chilaba y niños en su mayoría, se volvieron hacia a mí manteniendo el aplauso y para estrecharme la mano con un humilde: “Muchísimas gracias”. Ha sido uno de los momentos más hermosos que he vivido desde que estoy en esta ciudad.
Soy yo, y todos los ceutíes, los que debemos agradecer a la comunidad musulmana esta hermosa lección de civismo y tolerancia. Muchas gracias, queridos convecinos.

Autor: javiercornejog

Artículos publicados por Javier Cornejo en diferentes medios

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