Cuando España salvó a Cataluña

En la retórica victimista del independentismo catalán resulta rutinario referirse a España como Estado opresor, antidemocrático, franquista, fascista, dictatorial y todos los improperios grandilocuentes que les vengan a su infantilizada mente con tal de denigrar a nuestro país. Los más jóvenes tal vez se lo crean, pues lo han mamado en las madrasas de adoctrinamiento talibán independentista desde que tenían tres años. Pero los mayores, los que vivieron una verdadera dictadura y saben de auténticas penurias saben que se trata simplemente de un inmoral ejercicio de propaganda malintencionada y xenófoba. Y les viene de perlas si encima los palmeros de Podemos, que aún hay gente que identifica con izquierda, les hacen la ola y juegan al poco glamuroso papel de tontos útiles, pues para ellos vale todo con tal de llegar al poder y desalojar del gobierno a su denostada “casta”. Tontos útiles porque encima les va a salir el tiro por la culata.

No cabe duda de que los nacionalistas catalanes (sólo los nacionalistas, no caigamos en la amalgama), basan una gran parte de su discurso en una indisimulada hispanofobia, pues ésta resulta fundamental para alimentar entre sus filas la desafección, cuando no odio, por España. En una pirueta de cinismo que sirve a sus maquiavélicos intereses, son capaces de invertir la realidad y transmutar su hispanofobia en una supuesta e imaginaria catalanofobia por parte de España y los españoles, en un desesperado intento de llevar a su redil al mayor número de ovejas esteladas posible. España nos roba, España nos oprime, España ataca nuestra lengua, España es malísima con nosotros. España es Franco, España es el demonio.

No me voy a extender en demostrar una a una la inconsistencia y falsedad de sus grotescas consignas, pues chocan contra toda evidencia y no resisten el menor análisis. Dicen que a enemigo que huye, puente de plata. Así que supongo que no les odiaremos tanto, pues nadie quiere que se vayan. O casi nadie.

Como era de esperar, la aplicación por parte del Gobierno y el Senado del artículo 155 de la Constitución, tras una catarata de ilegalidades y delitos de los gobernantes catalanes y la destitución del gobierno de la Generalidad ha sido interpretada por ellos y sus partidarios como un nuevo y abominable ataque de España a Cataluña, una humillación a la patria catalana y la apoteosis de la opresión y la catalanofobia española que enarbolan por bandera. Ahora, desmontada su farsa independentista y convertida en esperpento su república catalana de la señorita Pepis, algunos buscan la épica perdida en el gesto revolucionario del “exilio”, queriendo emular a Tarradellas, Casals y otros grandes catalanes que tuvieron que huir de una verdadera dictadura. Cualquier comparación entre unos y otros resulta un insulto a la inteligencia, pero siempre habrá quien les compre su cochambrosa motocicleta.

Porque paradójicamente, y en contra de lo que afirman los irredentos nacionalistas, la aplicación del artículo 155 de la Constitución (suavemente y con mucha vaselina) ha salvado de una catástrofe histórica a toda Cataluña, incluyendo a los furibundos independentistas que despotrican y babean espumarajos contra el mismo. Hablando claro: les ha salvado el culo en el último minuto del partido.

Si España, su gobierno y su parlamento fueran verdaderamente “catalanófobos”, no hubieran movido un dedo. Bastaría con no reconocer la independencia de Cataluña (por unilateral, ilegítima e inconstitucional) y dejar la nueva “república catalana” a su libre albedrío. Puigdemont, jefe de Estado. Junqueras, presidente, etc. ¿Qué hubiera pasado? En primer lugar, total aislamiento internacional: ningún país europeo la hubiera reconocido. Salida inmediata de la UE. Fronteras. Aranceles. Éxodo todavía más masivo de empresas…a España. Hundimiento vertiginoso de la economía catalana. Sueldos y pensiones que no se cobran. Caos jurídico y laboral. Contenciosos nacionales e internacionales. Probable violencia en las calles. Saqueos. Revueltas. Y quién sabe qué más calamidades.

Políticamente parece bastante plausible que la UE, atemorizada por el posible efecto dominó de otros territorios europeos, hubiera empleado Cataluña como chivo expiatorio para disuadir a otras regiones de seguir el mismo camino, y dar a su nueva república unilateral un tratamiento cruel y ejemplarizante. No pocos dirigentes europeos han manifestado que la creación de nuevas fronteras dentro de Europa sería el fin del proyecto europeo. Si a la nueva Cataluña independiente no se le da ni agua seguro que las veleidades aventureras de otros territorios se verían bastante apaciguadas. Europa ha respirado aliviada al comprobar que Cataluña sigue y seguirá en España y en Europa.

Y Cataluña, la verdadera Cataluña, también. Para la mayoría de los catalanes de a pie se ha acabado la pesadilla del inefable “prusés”. Estamos a fin de mes y cobran su sueldo y su pensión. Siguen teniendo un pasaporte europeo. Los estudiantes podrán ir de Erasmus. El Barça sigue líder a ocho puntos del Madrid. La vida continúa apacible y primaveral en la bella Cataluña.

Y todo gracias al artículo 155 de la opresora España, que tanto les odia. Hay amores que matan, pero también hay “odios” que devuelven a la vida. De nada, queridos catalanes, ha sido un placer.

 

Autor: javiercornejog

Artículos publicados por Javier Cornejo en diferentes medios

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