¡Es la propaganda, estúpidos!

El que esto suscribe ha mantenido, por razones personales, estrechos vínculos con Cataluña y muchos catalanes.

También con la cultura catalana. Puedo decir aquí, con una cierta falta de pudor, que hablo catalán con bastante solvencia, y son catalanes muchos de mis referentes artísticos. Siempre lo han sido. En pintura Dalí y Miró. En música contemporánea Serrat, pero también Lluís Llach, músico gigante que compuso temas tan memorables como “L’estaca”, “I si canto trist” o “Que tinguem sort”, y que ahora se ha erigido como uno de los máximos exponentes del nacionalismo secesionista. El teatro catalán estaba siempre unos pasos por delante del resto de España: “Els Joglars”, “Els Comediants”, “Tricicle”…En literatura cito entre mis autores favoritos a Eduardo Mendoza, Juan Marsé o  Quim Monzó, este último tal vez uno de los mejores autores de cuentos de la literatura actual, y al que leo siempre en catalán. Sirva esta pequeña introducción para decir que amo Cataluña, y que incluso he sentido siempre una cierta querencia y hasta predilección por el dinamismo y vanguardia de esta región, que de alguna manera he hecho mía al aprehenderla a través de su lengua y su cultura.

Y creo no ser el único español, nacido lejos de Cataluña, que comparte conmigo sentimientos similares.

Entonces, ¿qué ha pasado para que millones de catalanes, otrora abiertos, dinámicos y cosmopolitas, ahora hayan abrazado con fruición un nacionalismo cerrado, insolidario y supremacista? ¿Qué ha pasado para estar donde estamos? Me niego a aceptar como razón de peso el recurso de inconstitucionalidad de algunos de los artículos del Estatuto de Autonomía de 2010; es un lugar común que se ha repetido hasta la saciedad pero que no soporta la menor argumentación seria. No es cosa de días ni de meses. El secesionismo catalán se ha ido cociendo durante muchos, muchos años, en dos ollas paralelas: el adoctrinamiento escolar y los medios de comunicación públicos de Cataluña.

Hoy me referiré a estos últimos y a mi propia experiencia personal. Cuando llegué a Mallorca, allá por 1984, lo primero que hice fue comenzar a estudiar catalán. (O mallorquín, como quieran llamarlo, que no seré yo quien discuta por un matiz de nomenclatura). Entonces no era obligatorio saberlo ni estudiarlo; lo hice por simpatía y afecto hacia mis nuevos vecinos y amigos mallorquines. Y por amor al idioma catalán, una lengua que suena a mar y huele a pinos, almendros y olivos. Una hermosa lengua.

No hacía mucho que había nacido TV3, y al poco tiempo ya se podía ver en las Islas Baleares. Decidí que TV3 sería mi principal profesora de catalán, y la convertí en mi cadena de cabecera. Y además tenía una calidad técnica notable: creatividad, imaginación, locutores de impecable dicción, buenos documentales y poca basura de chismorreo. Desde el punto de vista formal, era una buena televisión.

Pero dentro de este magnífico envoltorio se hallaba un vehículo de propaganda nacionalista que iba horadando con relativa sutileza el pensamiento del espectador, y cuya eficacia se ha demostrado incontestable. Insisto en que no es cuestión de días, sino de casi cuarenta años.

Algunos ejemplos. Ni que decir tiene que toda su programación se emitía exclusivamente en catalán, sin un minuto de concesión al castellano, aunque éste fuera y siga siendo el idioma materno de la mayoría de la población catalana. Pero esto no es lo más relevante. En sus informativos se referían, ya desde sus comienzos, a Cataluña como un país independiente europeo, y cuando por necesidades de actualidad debían referirse a acontecimientos del resto de España, se referían al Estado, como un mero ente administrativo. Sospecho que la palabra España estaba proscrita en su libro de estilo, como si de un tabú se tratase, y debía considerarse como territorio extranjero a todos los efectos. Recuerdo una entrevista a una emigrante latinoamericana en la que la presentadora tuvo que hacer malabarismos porque al preguntarle cuanto tiempo hacía que estaba en el “país”, la mujer contestó que cuatro o cinco años, porque ésta entendió que se refería a España, y llevaba ya varios en otros lugares. Es obvio que la presentadora se refería a Cataluña, así que se produjo un diálogo propio de los hermanos Marx. Estas cosas eran frecuentes. Pero lo peor era la xenofobia y racismo hacia lo español que destilaban muchos de sus contenidos. En sus reportajes sólo hablaban en castellano delincuentes, putas y patanes. En las series de televisión lo mismo: el castellano estaba reservado para personajes villanos, chachas y pijos engominados, preferiblemente con acento andaluz. Por el contrario los héroes y los buenos eran siempre catalanes de pura cepa, sin sangre contaminada por los meridionales advenedizos.

Tal vez lo más denigrante fueran los debates políticos, a los que, a pesar del pensamiento único nacionalista que regía los destinos de la casa, pretendían maquillar con una cierta pluralidad. Eran frecuentes los “debates” sobre identidad catalana, lengua propia y demás mantras del catalanismo. Y para dar al asunto apariencia de debate traían al plató a algún representante de la posición contraria, que era, como es de imaginar, el más tonto, el más cetrino, la más choni o sencillamente el más feo. O preferiblemente, una combinación de todo ello. La estrategia xenófoba funcionaba: el discurso supremacista se transmitía a través de una ilusoria y manipulada pluralidad. Los catalanes son altos, guapos, rubios y buenos. Los españoles (incluidos charnegos) son (somos) chaparros, feos, cetrinos y malos. El mensaje ha calado. No hay mensaje que se resista a cuarenta años de televisión pública racista, especialmente si va de la mano del control absoluto de la educación, en la misma línea.

No olvidemos que cuando murió Franco en 1975, tras cuarenta años de dictadura y adoctrinamiento, probablemente la mayoría de españoles era franquista, o al menos, no antifranquista. Somos muy manipulables, más de lo que nosotros nos creemos. No hay que subestimar el demoledor poder de la propaganda. Gracias a ella –entre otras cosas- estamos donde estamos.

 

 

Autor: javiercornejog

Artículos publicados por Javier Cornejo en diferentes medios

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