Algo de lo que vi en la India

Hacen falta algunos días para digerir un viaje a la India. El viaje más postergado, el viaje pendiente, el viaje que todos quisimos algún día hacer. Por fin, muchos años después del momento que empecé a soñarlo, se ha hecho realidad.

La India. El paradigma de la espiritualidad, el paraíso imaginario de la generación de los flower children, niños ahora ya canosos y con el esqueleto algo cansado de trotar por los vericuetos de la vida.

Quince días no dan para mucho, pero sí lo suficiente para llenar la mente de imágenes, olores y sensaciones.

Merece la pena comenzar diciendo que un recorrido por la India no es un viaje de placer. Ni siquiera me atrevería a calificarlo de agradable. Lo cual no impide considerarlo como una experiencia fascinante y necesaria. O casi. Ni siquiera viajando con el estatus de acomodado turista europeo, con guías y chóferes y pernoctando en hoteles de cinco estrellas uno encontrará con facilidad un momento de sosiego y tranquilidad.

En la India todo es excitación, bullicio, algarabía. Según traspasamos la puerta de salida del aeropuerto de Delhi nos empapa una nube de aire caliente, húmedo y contaminado. Una vez atrincherados en nuestro coche con chófer y guía,  cerrado con aire acondicionado y a temperaturas polares, comienzan las sensaciones fuertes. La primera es un tráfico imposible rayano en lo milagroso, incluso para alguien que ha conducido en lugares como Casablanca, Beirut, México, Bogotá, Salvador de Bahía, Guatemala o simplemente Roma. La circulación en esas ciudades es un juego de niños comparado con el de las ciudades indias. Es milagroso porque sólo por una confluencia de fenómenos paranormales se puede entender que miles de coches, camiones, motos con una media de tres o cuatro ocupantes, tuctucs (motocarros), carretas tiradas por caballos escuálidos, bicicletas, vehículos inexplicables, peatones distraídos, vacas, cerdos y todo tipo de semovientes puedan compartir un espacio común en el asfalto o lo que queda de él, en todas las direcciones posibles y sin ningún tipo de regla ni organización previa, en un caos tan absoluto como funcional, y todos salgan de ese marasmo indemnes, sin un rasguño. Motos, bicicletas, coches y peatones se entrecruzan vertiginosamente con tal proximidad y precisión, que llegué a pensar que tenían alguna cualidad sobrenatural para atravesarse entre ellos como un haz de luz, y tengo la convicción de que los conductores de todo tipo de vehículos están dotados de extraordinarias habilidades circenses para zigzaguear con precisión milimétrica y evitar la menor colisión con constantes obstáculos que al común de los mortales se nos antojarían  insalvables. Y todo ello sin pestañear, ayudados, eso sí, por el ruido incesante de las bocinas que suenan sin interrupción para abrirse paso entre lo imposible, en un concierto permanente sin cuya melodía ensordecedora las calles de la India no se concebirían. En un vehículo indio el claxon es, al menos, tan importante como las ruedas, el volante o el freno. O más. Y nadie se enfada ni inmuta: cruzarse por delante de otro es imprescindible para poder pasar. Si no no se pasa. Todo el mundo sabe que la picardía de esta jungla caótica de asfalto es una ley de supervivencia y funcionalidad, así que nada de malas caras. Ahora me cuelo yo, luego te colarás tú. Ni un mal gesto, ni un arqueo de cejas. El tráfico, en la India, es así y punto. Si no te gusta siempre puedes optar por Zurich o Luxemburgo, por ejemplo, donde todo es más ordenadito.

En las cunetas, en las inexistentes aceras o debajo de los puentes de la gigantesca urbe sobreviven los más pobres de los pobres, los “intocables”, hacinados entre basura, ratas y heces, literalmente. Esta será ya una imagen habitual y constante en el resto del viaje. La miseria extrema como un decorado desgarrador que siempre nos rodea, y al que uno no se acostumbra nunca, aunque llegue a formar parte del paisanaje inevitable de cada día, de cada rincón, de cada esquina. Se puede sentir más asco que nunca por la indignidad de gobernantes corruptos hasta el tuétano, de castas superiores que nadan en una opulencia heredada por derecho de sangre , de democráticos países “desarrollados” que miramos para otro lado…Pero bueno, no pretendo hacer de esta breve reseña de viaje un manifiesto social ni un alegato revolucionario. Ni mucho menos. Pero tampoco podía pasarlo por alto. Ahí está, la pobreza extrema, la injusticia social, los parias entre los parias. Los iremos viendo cada día desde detrás del cristal hermético de nuestro coche con aire acondicionado, guía y chófer. Así es. Ya no somos mochileros ni lo pretendemos. Lo vemos, nos duele y lo contamos, pero sabemos que por la noche dormiremos en hotel de cinco estrellas rodeados de serviles empleados y en unos cuantos días regresaremos a nuestro aséptico y confortable primer mundo, a cuyo pastel no tenemos la menor intención de renunciar, ni en todo ni en parte, por pequeña que sea.

Así que sigo con esta breve crónica de lo que he visto, oído, olido y sentido en la India.

Beranés (o Varanasi, en su nombre actual) es un paseo por el infierno. Las sensaciones son extremas y no siempre agradables. En realidad no lo son casi nunca. En esta ciudad sagrada a orillas del Ganges se concentra la esencia radical de la India más ritual y supersticiosa. Muchedumbres compactas, basura, tráfico endiablado. A diferencia de Delhi, aquí las vacas, “madres” espirituales de los hinduistas, campan a sus anchas por calles, caminos y hasta entran a reposar un rato en las tiendas, para regocijo del comerciante que se sentirá bendecido por la fortuna que sin duda le proporcionarán tan ilustres huéspedes. (Imagen 1). Miles de peregrinos enfundados en sudadas camisetas de color naranja venidos de los lugares más remotos llegan aquí para “purificarse” bañándose en el río Ganges y extraer de él cantimploras de plástico con agua bendita de un color indefinido entre grisáceo y café con leche, pues este río, además de sagrado, es el más contaminado del mundo.

Es cita ineludible de todo turista que se precie, pues la ciudad ofrece interminables momentos de exotismo extremo, algunos auténticos y otros hábilmente manipulados por los locales para satisfacer la avidez de sensaciones fuertes del visitante foráneo. No se puede estar en Benarés y dejar de asistir a un espectacular “show” ceremonial en honor al dios Shiva, atestado de turistas extranjeros grabando con móvil y con algún indio despistado haciendo el papel involuntario de figurante que le dé un toque de improbable realismo al espectáculo circense preparado para turistas.

También es inevitable el recorrido por las piras crematorias a orillas del río, con turistas cegados por el humo de los cadáveres que arden ante sus ojos sobre cientos de kilos de troncos apilados. Todos acompañados por solícitos guías que nos explicarán todo el ritual mortuorio a cambio de unas cuantas rupias. O la contemplación de los baños “purificadores” en el Ganges de los peregrinos al amanecer, ellos en calzoncillos, ellas vestidas, y que los visitantes filmamos una y otra vez, tras habernos levantado a las cuatro de la mañana para presenciar al alba este momento, entre mágico y turístico, que ya no será fácil olvidar. (Imagen 2).

Todo transcurre tras las primeras luces del día, en un halo de misterio y surrealismo que hace que en ocasiones uno llegue a dudar en qué momento acaba la realidad y empieza la ficción, y viceversa. Cientos de imágenes insólitas desfilan ante nosotros como en un sueño agridulce, y cada instante nos depara escenas que hasta entonces sólo concebíamos en el mundo de la ficción o de relatos fantasiosos de países lejanos. La India en estado puro.

O tal vez no, porque están los molestos e impertinentes turistas. No nosotros, claro está, sino los demás, los otros, los putos guiris. Porque es bien conocido que todos los turistas que vamos a la India queremos hacer un viaje “auténtico”,  así que esos turistas de mierda (o sea, los otros), que además son la mayoría españoles, nos lo joden todo. Todos acabamos formando parte de un rebaño de guiris indeseado e indeseable que nos arruina nuestro espíritu aventurero de “auténtico viajero bohemio y alternativo”. Nosotros, todos y cada uno de nosotros, queríamos ser los únicos visitantes extranjeros de este país ignoto. Así que los turistas nos miramos entre nosotros con recelo y hasta desprecio y nos ignoramos recíprocamente, mientras intentamos acercarnos al aborigen con cariño y curiosidad. O paternalismo, yo que sé. Porque además, estos gilipollas de turistas nos malogran las fotos. Teníamos encuadrada una colorista imagen de mujeres indias en sari y nativos con turbante y barba teñida de rojo y se cruza una imbécil rubia con piel clara y minifalda, y adiós exotismo paisajista. En fin, malditos turistas. Todos menos nosotros, faltaría más. Porque nosotros, a diferencia de todos, todos, todos los demás, somos “intrépidos viajeros”. Que quede clarito.

 

Por carreteras poco dignas de tal nombre nos desplazamos en coche de una ciudad a otra, sorteando socavones, bicicletas, camiones desvencijados, campesinos, motos y vacas, muchas vacas paciendo tranquilamente en mitad del asfalto, las cuales se me antoja que miran como los coches las esquivan con sonrisa bovina, y nunca mejor dicho. Pasamos por pueblos en los que se mezclan las imágenes de niños llenando baldes de agua en los pozos con hombres harapientos durmiendo sobre el remolque de un carromato, o haciendo equilibrios para echar una cabezada sobre una moto en un ejercicio funambulesco inverosímil. La gente nos mira, nos sonríe, agita la mano y nos dicen “hello welcome” según pasamos.  Los despiertos, se entiende, no los dormidos. Los dormidos duermen, lo cual también resulta complicado de entender si tenemos en cuenta el bullicio infernal que les rodea.

Así que vamos recorriendo ciudades como Orchha, Gwalior, Khajuraho, Agra, Jaipur, Pushkar, Jodhpur, Ranakpur, Udaipur…Hermosos templos y suntuosos palacios.

Templos hinduistas, sijs, jainistas, budistas y mezquitas musulmanas. Las religiones conviven sin demasiados problemas en la India.  Muchos templos, muchísimos, erigidos en honor de los innumerables dioses venerados en este inmenso país: Shiva, Visnu, Brahma…Dependiendo del culto y rituales nos descalzamos, nos ponemos pañuelos en la cabeza que guardan una cierta semejanza con el cachirulo aragonés, nos atamos una especie de falda escocesa en la cintura para cubrir las piernas, nos despojamos de aparatos electrónicos… En fin, cada cual tiene sus normas…Llevar tabaco está prohibido. Lo cual me parece muy bien, sobre todo porque yo no fumo. En los templos jainistas se pide a las mujeres que se abstengan de entrar si están con la menstruación, pero parece que nadie lo verifica. Allá cada una con su conciencia, supongo.  Los guías nos explican con detalle su mitología, el significado de los símbolos, los detalles ornamentales, los ritos, todo. Ya no me acuerdo de casi nada, pero en su momento me pareció muy interesante, al menos durante la primera media hora de explicación de cada templo. Reconozco que según avanzaba el número de templos, duración de las explicaciones y subía la temperatura y humedad ambiental mi interés iba decreciendo, lo cual puede que sea debido a mi escasa sensibilidad artística y cultural, o tal vez porque, como todos los católicos de bien sabemos y nuestro sagrado catecismo nos ha enseñado, esas religiones no son verdaderas.

Sin embargo confieso que los templos que más me interesaron de todos, supongo que por mi natural querencia hacia los asuntos lascivos y concupiscentes, fueron los de Khajuraho. Templos en excelente estado de conservación (son patrimonio de la Humanidad y los protege la Unesco), cubiertos por completo con preciosos motivos eróticos que representaban escenas del Kamasutra y sexo tántrico con alegría y sin complejos. Mujeres con senos hemisféricos y voluptuosas curvas y hombres musculosos con poderosos falos. Sodomizaciones, felaciones, orgías, relaciones con animales, y todo ello perfectamente conectado con la espiritualidad y la búsqueda del nirvana. La India que siempre sorprende y magnetiza al visitante.

Olvidaba decir que en los templos siempre hay monos. Muchos monos. Ignoro la razón por la cual los monos se congregan precisamente en los templos hindúes, pues no se les ve demasiado fuera de ellos. Así que si alguien ha llegado a leer hasta aquí, y puede completar la información le quedaría muy agradecido. ¿Por qué los templos hindúes están llenos de monos? Ahí lo dejo.

Luego están los palacios. Innumerables palacios de antiguos emperadores, marajás, reyes y demás antiguos jerarcas. A pesar de su precario estado de conservación son de una rara belleza oriental y en ellos los guías nos muestran lo que queda de antiguas dependencias regias, las de sus mujeres (las de los marajás, no las de los guías) , concubinas, bailarinas, aristocráticos invitados, ceremonias solemnes, etc. Los guías son capaces de llenarnos la cabeza con infinidad de nombres impronunciables de infinidad de dinastías indias de infinidad de tiempos y épocas, que superan con mucho la capacidad de retentiva del que esto escribe. Muy recomendables para expertos y eruditos en Historia dinástica antigua y medieval del Hindustán, entre los que reconozco humildemente que no me encuentro.

Si apenas dedico este par de líneas al majestuoso Taj Mahal de Agra y la bella historia de amor que lo originó es porque sería pretencioso por mi parte añadir una sola palabra a todo lo ya escrito y relatado sobre uno de los monumentos más imponentes y emblemáticos del planeta. Pero sí doy fe de su existencia, confirmo que es real, como ya lo hice en su día con la torre Eiffel. Están ahí, no solamente en las postales.

Dedicaré estas últimas líneas a lo que siempre me interesa más de cualquier viaje a un país lejano: la gente. Pasear por sus calles, entrar en sus tiendas, charlar con ellos, visitar sus escuelas, beber algo juntos, intercambiar teléfonos, escuchar historias cotidianas, gastarnos bromas, hablar de fútbol. Sin duda esto es más fácil en Argentina que en la India, por ejemplo, pero tampoco allí es imposible. Es más difícil, eso sí. Nunca me han parecido tan importantes las barreras lingüísticas como las culturales, pero aquí confluyen ambas.

En la India, en contra de lo que muchos creen, muy poca gente habla inglés. Y mucho menos cualquier otra lengua europea. Sólo dominan bien el inglés estratos de la población de educación superior, comerciantes de nivel medio y alto y algunos empleados del sector turístico. Poco más. La gente de la calle, los campesinos, los vendedores callejeros de frutas y verduras, la inmensa mayoría de los bulliciosos transeúntes de pueblos y ciudades sólo habla hindi o cualquiera de la veintena de lenguas regionales de la India. Hablan en hindi y rezan en sánscrito. Y reconozco que no se me dan bien ni el uno ni el otro. Así que casi siempre debía conformarme con juntar las palmas de las manos a la altura del pecho, hacer una leve inclinación de cabeza y decir respetuosamente “namasté”, a lo que ellos siempre respondían con otro entusiasta “namasté”. En efecto, admito que este tipo de conversaciones no va muy lejos en cuanto a profundidad, así que había que apañárselas como fuera para intercambiar algo más de información con los nativos.

Como es lógico no había barreras lingüísticas con guías o empleados de hoteles, pero la misión de unos y otros es servir al turista y conseguir una buena propina, hechos que condicionan de manera notable la relación con ellos. A pesar de todo conseguimos en algunos casos traspasar el umbral meramente profesional y entablar una simpática relación humana. Alguno llegó a confesarnos, en un alarde de sinceridad al hablar de algo tan “serio”, que en su familia de pueblo cuando morían sus vacas de muerte natural se las vendían a los musulmanes, que aprovechaban concienzudamente su sagrada carne. Y otros tabúes similares, que todo el mundo sabe pero nadie menciona.

Algunos de mis ratos más interesantes en la India los pasé en los pocos momentos que tuve oportunidad de pasear solo por alguna ciudad o pueblo. La gente se acerca a los extranjeros y nos pide hacerse una foto con nosotros con su móvil. Los jóvenes estudiantes quieren entablar una conversación sin ninguna prisa y practicar su rudimentario inglés, así que hablamos de sus estudios, de su país, del mío, de cantantes internacionales, de fútbol…Y acabamos por intercambiar teléfonos y prometemos seguir en contacto por whatsapp…

Pero no olvidemos el lenguaje gestual, las miradas profundas, las perennes sonrisas, la inmutable calma de los rostros. Mucha gente me había hablado del tema. De la misteriosa dulzura de la mirada de los indios. Buen número de los turistas que me habían precedido me habían hablado de ella y se habían lanzado a interpretarla: “No tienen nada pero son felices”. Yo no lo sé, la verdad. No me atrevo a decir tanto. No tengo ni idea. Intuyo que quizás el agua corriente y la electricidad en sus casas aumentaría su grado de felicidad, pero quién sabe. Por lo visto los ermitaños jainistas se suben solos a un cerro, van en pelota picada, viven en la naturaleza y se alimentan de hierbajos y plantas. Y así alcanzan el ansiado nirvana, la felicidad completa. Así que ni idea, ya digo. Yo quizás en esas circunstancias me aburriera un poco.

Pero sí me atrevo a afirmar que en quince días no vi una sola disputa, una expresión agresiva, una discusión de tráfico. Vi miles de personas, muchas harapientas, demacradas, cadavéricas,  pero siempre con una expresión de placidez en sus rostros. La única pelea que vi la provoqué yo mismo de manera involuntaria entre dos niños, mientras les repartía lápices y rotuladores y ellos empezaron a pelearse por uno que los dos me habían arrebatado de mi mano al mismo tiempo.

Son gente dulce, sosegada y pacífica. Interpretar el significado real de sus rostros de apariencia siempre alegre y vivaz puede llevar miles de años de cultura y filosofía oriental. Así que intentaré volver con más calma; muy bruto tengo que ser para no aprender algo más en un próximo viaje. Empezaré, si puedo, por llevar estudiado el Kamasutra, que seguro que algo ayuda.

 

 

 

 

Autor: javiercornejog

Artículos publicados por Javier Cornejo en diferentes medios

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