El tuteo del presidente

Parece que media España siguió por televisión los dos programas emitidos bajo el título “Tengo una pregunta para usted”, con Rodríguez Zapatero el primero, y con Mariano Rajoy el segundo. Dada su enorme audiencia, todos los medios analizaron pormenorizadamente no sólo las respuestas de los líderes, sino cada uno de los detalles de la escenificación, desde el color de sus corbatas hasta su gesticulación o movimientos en el plató. Creo que a algunos no nos pasó desapercibido un detalle nada trivial: el Presidente del Gobierno se permitió tutear a muchos de sus interpelantes, a pesar de que éstos se habían dirigido a él con el apropiado usted.
En cualquier país cuya lengua disponga de tratamiento de cortesía -incluidos todos los demás de habla hispana- hubiera hecho chirriar a los oídos bien educados la familiaridad que el presidente tuvo a bien arrogarse. Sin embargo tengo la impresión de que en España apenas nos llamó la atención, pues asistimos a un proceso galopante de la generalización del tuteo, con la consiguiente restricción del ámbito del usted, o tratamiento de cortesía. Y el presidente, tan moderno para todo, no podía quedarse atrás.
Veamos algunos ejemplos. Un conocido programa nocturno de una televisión autonómica. La presentadora, una moza madura deslenguada y tosca, pero con un punto pizpireta, recibe como invitado a un médico forense septuagenario de aspecto distinguido, que llega impecablemente vestido en un terno azul marino. Apenas ha tomado asiento el galeno, la conductora del programa le espeta: “Te puedo tutear, ¿verdad?”. El forense, naturalmente, asiente. Qué buen rollito, qué buena comunicadora soy, debe de pensar la periodista.
Un hospital cualquiera de una ciudad cualquiera en un día cualquiera. En España, claro. Una señora anciana está postrada en su cama, rodeada de los suyos, tal vez balbuceando sus últimas voluntades. En esto entra el celador, un joven recio y fornido, interrumpe el ritual y dice a voces: “A ver, Segismunda, que te voy a hacer la cama”. Qué amable soy, con que familiaridad y cariño trato a los enfermos, debe de pensar el celador, con su coloquial tuteo a la viejita moribunda.
Tal vez los dos tengan razón en sus intenciones, pero creo que entre todos estamos perdiendo algo. El “usted” -que es la evolución histórica de “vuestra merced”- es parte de la riqueza de nuestra lengua, es un hermoso tratamiento que expresa respeto y cortesía. Pero hace unos treinta años, justo en la transición democrática, empezó a ser injustamente criminalizado. Los mismos que confunden la velocidad con el tocino empezaron a confundir respeto con alejamiento, cortesía con servilismo o subordinación y tuteo con igualdad y buen rollito guay.
Apenas dos generaciones atrás los hijos llamaban de usted a los padres y no era alejamiento, sino veneración. Hace no más de treinta años, no sólo los alumnos llamaban de usted a los profesores, sino también los profesores a los alumnos: “García, haga usted el favor de salir de clase”, podía decir un profesor airado a un chaval de doce años que había hecho una trastada. Hoy es impensable y sonaría a trasnochado anacronismo. Son tiempos de “colegas” y como todos somos iguales –faltaría más- igualémonos todos por abajo, que es más fácil. El respeto y la elegancia no están de moda, son hábitos de carcamales rancios, si no tuteas hasta al Papa estás en la Edad Media.
Un dato curioso: en las primeras elecciones democráticas tras la muerte de Franco los partidos políticos pedían el voto a los ciudadanos tratándoles de usted. “Vote Centro”, rezaban los carteles. A partir de las siguientes nunca un partido político volvió a llamarnos de usted en campaña. Se fue el alejamiento, llegó la “proximidad”, pensaron los asesores de imagen y los publicistas.
Son tiempos de tuteo indiscriminado, y el usted se irá relegando poco a poco a situaciones solemnes o a legajos de notaría, y quedará como un vestigio arcaico de tiempos en los que nuestra lengua fue más rica y más bella.
Hoy nos tutea la policía para multarnos, la Telefónica para vendernos el último móvil, los partidos políticos para exhortarnos a votarles, la Dirección General de Tráfico para amenazarnos con quitarnos puntos del carné y el Ministerio de Hacienda para decirnos que ya viene Paco con la rebaja. Son tiempos modernos y dinámicos, así que ya nadie trata de usted al ciudadano. Ya ven, ni siquiera el presidente del Gobierno. Perdón, quería decir “ya veis”…, amables lectores.

Cochinas costumbres

Hace no mucho tiempo, estando en Madrid con unos visitantes estadounidenses, les llevé a tomar vinos y gambas a uno de los bares populares que abundan por el centro de la ciudad. Estos no salían de su asombro al ver que la gente, apostada en la barra, no tenía reparos en ir tirando las cáscaras al suelo según iba pelando los crustáceos. Nada del otro mundo, es la costumbre, les dije. Como también es la costumbre ir echando al suelo la ceniza de los cigarrillos y aplastar la colilla contra el suelo al acabar el pitillo. En más de una ocasión, al solicitar un cenicero al dueño de un bar, él mismo me ha recomendado que arroje la ceniza al suelo. Eso dentro del bar, no digamos en la terraza. También tuve que explicarles que las vitrinas que protegen las tapas en las barras de los bares es un invento relativamente reciente, que todavía –a pesar de una ley de Sanidad de hace ya bastantes años que no se cumple, como tantas- hay muchos bares en España en los que hay sobre la barra fuentes de comida desde las que se sirven las tapas que no están protegidas por nada, y expuestas por tanto a las toses, estornudos o vaharadas de farias de los parroquianos sentados ante ellas mientras charlan de fútbol. Nada extraño, es parte de nuestro paisanaje cotidiano y a nadie le llama la atención.
Tener que acudir al cuarto de baño de un bar de nuestro país puede ser una patética experiencia. Sólo el primer cliente que use el excusado lo encontrará limpio. El segundo ya no, y según vaya avanzando el día la indeseable necesidad puede convertirse en una nauseabunda aventura. Una buena parte de los usuarios, una vez realizada la función de la que había menester, se marchará del habitáculo sin molestarse siquiera en hacer correr el agua, dejando para el siguiente necesitado el agradable recuerdo de su paso por el retrete. El que venga detrás que arree. Muy castizo. Parece que en el baño de damas la cosa no es muy diferente, y me cuentan las mujeres de acrobáticas posturas en las que a veces se ven obligadas a orinar para evitar el contacto con los residuos de sus alegres antecesoras en la misma función.
Pasear por las calles de las ciudades españolas implica llevar un ojo al frente y otro al suelo, salvo riesgo de acabar con los zapatos seriamente embadurnados de excrementos caninos, elemento orgánico que suele decorar todos los días las aceras de nuestras avenidas. La gente tiene perritos, y estos hacen caquita. Donde les viene bien, por supuesto, y los dueños rara vez se molestan en limpiar las huellas intestinales del chucho sobre las aceras municipales. Así que el viandante inocente se ve en la obligación de practicar el eslalom urbano, deporte no del todo divertido cuando se tiene que hacer por necesidad. Paradójicamente he observado que son las personas mayores, que son las que más dificultades físicas tienen para hacerlo, las que más se preocupan de recoger los excrementos. Y sin embargo los más jóvenes, en plena forma, no se molestan en agacharse. A fin de cuentas algunos de ellos imitan a sus chuchos y las noches de sábados también orinan en cualquier pared o árbol que tengan a mano. Nada de particular. Y así podría seguir mucho más allá de los límites de este artículo.
Y como en esto creo que no hay mucha diferencia por comunidades autónomas, regiones, nacioncillas estatales o realidades nacionales patrias, me permito formular así la pregunta: ¿es que somos los españoles tan guarros? Sólo en el ámbito público, curiosamente. El español es exquisitamente higiénico en privado y en sus reductos particulares. Las casas están impolutas, bastante más limpias que las de otros europeos. El homo hispanicus se asea a diario, la mayoría se ducha todas las mañanas. Suele tener el coche limpio por dentro, a diferencia de los automóviles de muchos extranjeros, que son vertederos con ruedas. Pero cuando sale de casa la cosa cambia. Las calles son de todos, o sea, que no son de nadie. Y los bares. Y los restaurantes. Y las estaciones de autobús.
Y es que la higiene pública, en el siglo XXI, es aún una asignatura pendiente en la España próspera y desarrollada de nuestros días. Ya al ministro Esquilache, hace doscientos cincuenta años, por intentar cambiar, entre otras, las costumbres higiénicas madrileñas, le montaron un motín por el que acabó de patitas en su Italia natal e hizo tambalear al mismísimo Carlos III, que agachó las orejas y cedió a todas las peticiones del pueblo sublevado delante de su palacio.
Y es con las costumbres patrias, por muy cochinas que algunas sean, parece que no hay quien pueda.

La mujer “diez”

No me refiero a la espléndida y bellísima Bo Derek de hace ya unos cuantos años, sino a todas aquellas profesoras –profesoras, con a, de sexo y género femenino- que presenten ciertos proyectos educativos en la Junta de Andalucía. O sea, que debería haber dicho “la mujer, diez”, con la comita, porque resulta que los proyectos coordinados por una mujer parten, según la convocatoria, con diez puntos de ventaja sobre los coordinados por un hombre. Como lo oyen. No es una broma. Y como ésta, hay ya unas cuantas.
Parece que en la carrera hacia la búsqueda de lo políticamente correcto más de uno se ha pasado media docena de pueblos y ha ingresado, de pleno, en lo políticamente imbécil. El problema está en que cuando el cretino tiene la potestad de gobernarnos su estulticia puede acarrear serias y hasta dramáticas consecuencias para nuestras cabezas. Las de todos. O las de todos y todas, para entendernos y hablar como es debido, supongo.
No tengo el gusto –o disgusto- de participar en esta convocatoria, pero si lo tuviera sabría que para conseguir la aprobación de mi proyecto tendría que hacerlo “diez puntos” mejor que mis colegas mujeres, que, por motivo de la disposición de sus cromosomas, la Junta de Andalucía ha decidido que deben partir con esa ventaja inicial. Lo cual, además de ser una solemne majadería, es una injusticia para los hombres y un insulto para las mujeres. Y un perjuicio para toda la sociedad.
Una injusticia para los hombres porque saben que, no estando más capacitados que sus colegas femeninos, tendrán que superarlas ampliamente para conseguir la misma puntuación que ellas. Es un concurso con trampa, en el que para empezar y con el pretexto de indemnizar por injusticias pretéritas, se recompensa a las señoras con diez puntitos del ala. Para reparar una injusticia, cometamos otra. Total: dos injusticias con diferente víctima, eso sí.
Es un insulto para las mujeres porque, aunque así parezca desprenderse de la opinión de la Junta de Andalucía, las mujeres no son tontas. Ni un pelo tienen de bobas, dicho así en general y con permiso de las que sí lo sean, condición en la que los hombres a buen seguro no andan a la zaga. Muy parejos andamos los dos sexos en cuanto a mentecatez y pocas luces se refiere. Los cretinos que han perpetrado la disposición de la Junta deben de pensar que a las mujeres en general les falta un hervor, así que, para que sus femeninos nombres figuren a la cabeza de la coordinación de los proyectos hay que regalarles diez puntitos porque si no no tienen nada que hacer, las pobres. A ellos/ellas, a los autores, sí que les falta un hervor…
Pero es la sociedad en general la que paga el pato de estos despropósitos. Porque cuando la Administración decida cuáles son los proyectos seleccionados, los andaluces no disfrutarán de los mejores proyectos, sino de los más “femeninos”. Algún proyecto mejor se habrá quedado en el cajón del olvido en beneficio de otro, algo más mediocre, que contó con el favor oficial por la poderosa razón de estar firmado por una mujer. Y los proyectos femeninos que estén entre los mejores por merecimientos propios, que los habrá y muchos, siempre planeará sobre ellos la sospecha de que fueron ganados con ayuda de la propina feminista, lo que no creo que deje muy satisfechas ni a sus autoras ni a los beneficiarios del mismo, es decir, la sociedad.
Ya sabemos que esta chapucera manera de reconvenir a la machista Historia se ha extendido ya a todos los ámbitos de la cosa pública. La llamada paridad en las listas, que ya afecta por ley desde el gabinete del Gobierno hasta los Consejos de Administración de las empresas, pasando por los partidos políticos, dará una espléndida imagen de igualdad en las fotos y en las estadísticas, pero no nos garantiza estar en manos de los mejores. Y de eso es precisamente de lo que se trata. Me da igual tener en el Gobierno a siete ineptos y siete ineptas, que a catorce ineptos, que a catorce ineptas. (No se lo tomen como algo personal, que no me refiero a este gobierno precisamente, sino a cualquiera). Blancos o negros, morenos o rubios, altos o bajos, gordos o flacos, jóvenes o viejos. Y, por supuesto, hombres o mujeres. Me importa un bledo. Lo que quiero es tener a los más aptos, y me da igual que sean hombres, mujeres, travestidos o hermafroditas. Discriminación positiva, es la traducción del nombre anglosajón del invento de marras. En otros países no sólo se aplicó al sexo, sino también a la raza u origen cultural. Había cuotas para minorías históricamente discriminadas. Así en Estados Unidos un negro requería menos puntuación que un blanco para entrar en la universidad, de forma que en la universidad no estaban los mejores, ni se lograban los mejores científicos o ingenieros, sin embargo las aulas parecían anuncios de Benetton, qué colorido. Estas políticas, que ya están en regresión en muchos países progresistas por arbitrarias y artificiosas, están en pleno auge en la ultramoderna España. ¿Por qué será que siempre tenemos que llegar tarde a todo?

Educación y telebasura

El nivel académico y cultural de nuestros centros educativos está en la UVI. Lo dicen las encuestas, pero no haría falta tanto estudio sociológico. Los profesores lo sabemos bien, pero al resto de la sociedad le bastaría con escuchar una conversación de adolescentes en un autobús, en la calle, en un parque, en cualquier lado. Darse una vuelta un viernes o un sábado por la noche por las explanadas del botellón, o por cualquier otro lugar en el que se junten media docena de adolescentes. Todos escolarizados, “educados”. Raya lo escandaloso, parece que la opinión social es unánime. Y se buscan las causas. Los educadores, los padres…pero, ¿se da la importancia debida a la televisión? Veamos.
Entre los logros de la España próspera, moderna y neoliberal de los últimos años creo que no es desdeñable el de haber conseguido tener la televisión más zafia, chabacana y hortera del mundo. Busquen ustedes, ahora que tenemos satélite y cable, o cuando viajen al extranjero, y verán que nuestra televisión ibérica no tiene parangón. Y si la televisión, sometida a la dictadura de la audiencia, es un reflejo de una sociedad y una cultura, creo que la España de charanga y pandereta que describía Machado era un ateneo de lustre académico comparada con la actual de pocholos, dinios y grandes hermanos, y aquellas españoladas de paletos y suecas que nos ofrecía la “mejor televisión de España” se me antojan casi como obras intelectuales de arte y ensayo al lado de lo que nos ofrece ahora la libre competencia televisiva de la España rica del siglo XXI.
En un reportaje escrito por el escritor colombiano Germán Castro Caycedo, y publicado en el diario “El Tiempo”, de Bogotá, éste narraba algunas de las impresiones obtenidas en un reciente viaje a nuestro país. El reportaje llevaba como irónico título “España/ Un viaje a la “cuna de la cultura” (entrecomillado en el original), y recojo aquí las referidas a la televisión:
“(…) Por la noche en uno de los programas con mayor audiencia de la televisión, un periodista dice:
-Las colombianas han nacido para follar.
-Follan de puta madre- agrega otro.
Cambio de canal. También cinco periodistas. Uno de ellos atrapa por la nuca a un invitado y se besan lengua con lengua. Aplausos del público. Luego agreden durante una hora al invitado, todos hablan al tiempo. Se hallan detrás de una gran mesa y en medio de las ráfagas, una de las periodistas se tiende sobre la mesa. El de los besos trepa y la cabalga, se menea, resopla. Un tercero los cubre con una frazada. En directo, durante 50 segundos, simulan que están haciendo el amor. Largo aplauso del público en el estudio.
Tercer canal. Alguien le pregunta a un cantante por qué no admite una muestra de ADN y él se apresura:
-Iros a tomar puel culo. ¿Por qué no la hacéis vosotros? (…)”
Germán Castro no ha visto nada extraordinario en nuestras refinadas televisiones; cualquier día, en casi cualquier cadena y casi a cualquier hora, la oferta es similar. Hago yo la prueba. Pongo un programa de máxima audiencia nocturna y un colaborador simula estar masturbándose detrás de la mesa del estudio. En tono jocoso, los demás comienzan a discutir acaloradamente sobre las pajas (sic) que se hacen en el camerino cada noche antes de entrar al estudio. En otro canal (o en el mismo, no estoy seguro) “graciosos profesionales” van por la calle micrófono en ristre y se dedican a ridiculizar ante las cámaras a hombres y mujeres inocentes (preferiblemente ancianos y extranjeros que apenas hablan español) que, gratuitamente, les “hacen” el programa. En otro un grupo de paparazzi y estrellas de la telebasura debaten acaloradamente sobre temas tan apasionantes como las relaciones carnales entre “grandes hermanos” edición 1, 2 o 7, u otros personajes de similar calado intelectual. El tema tratado con mayor profundidad y que fue objeto de apasionados debates en ilustres foros de “periodistas” carroñeros durante dos o tres semanas fue la felación que una concursante de uno de estos fenomenales programas hizo a otro en un autobús. Gritan, chillan, se insultan, se amenazan, en una discusión al lado de la cual una pelea de verduleras de mercado pasaría por un diálogo versallesco. Todos profieren sus insultos y “argumentos” al mismo tiempo, con lo que (afortunadamente) apenas se entiende nada. Los héroes de la televisión, famosos, guapos y millonarios, delante de la cámara se rascan las axilas sin tapujos, se sacan los mocos a discreción y su lenguaje, mezcla de balbuceos, gritos, mugidos y sonidos guturales contiene dos o tres tacos por frase, en las que, dada su dicción, suele ser lo único inteligible de las mismas. Nadie respeta jamás el turno de palabra del otro, una persona bien educada y cortés no podría abrir la boca en estos foros. Los periodistas de la carroña azuzan a unos contra otros, llaman a las madres, a los padres, a los familiares, les ponen delante de la cámara y les enfrentan intentando provocar los insultos cruzados, cuanto más despiadados mejor, buscando el espectáculo bochornoso que enardezca a la audiencia y la haga subir a las cuotas más altas. Vence el que profiere el insulto más contundente, el rebuzno más arrebatado, la vejación más sonora, y el público lo subraya con acalorados aplausos dirigidos por los conductores de la basura televisiva. No hay reglas; es la ley del más bestia, del más chulo, del que peor huele.
No conozco en el mundo televisión más nauseabunda, más vulgar, más hortera, más degradada. Dicen que es la tiranía de la audiencia, que es lo que la gente quiere. Y si así es, podemos concluir que en nuestro país el nivel cultural ha tocado fondo. No se puede llegar más bajo.
Parece que la dictadura de la audiencia es la “verdadera democracia” en televisión, y la ley del mercado es la clave de la verdadera libertad. Si lo ve mucha gente vende más y la gente se pirra por la basura. Pero, ¿por qué nos gusta la basura? ¿Nos gusta porque nos han acostumbrado a ella o ya éramos antes tan necios como para tragarnos sin rechistar y alborozados las dosis de imbecilidad televisiva que nos meten con embudo cada día en nuestras pantallas? ¿O es al contrario, será que la televisión nos da sólo aquello que somos capaces de asimilar? ¿Seremos verdaderamente tan memos los españoles? Cuando hace algún tiempo, en la época del gobierno anterior, un dirigente socialista dijo que habría que revisar los contenidos de la televisión, y que con su partido en el gobierno no habría programas como Gran Hermano, todos los caricatos y bufones de esas televisiones se le tiraron al cuello tildándole de censor y antidemocrático. Ahora ese político está en el gobierno, pero seguimos tragando grandes hermanos.

El “parnaso” cultural que nos ofrece la televisión de cada día es la fuente de la que bebe nuestra sociedad a diario, y claro, así nos va. Niños, jóvenes, adolescentes, adultos. El proceso de idiotización colectiva es lento –o tal vez no tanto- pero seguro. Los modelos culturales e ideológicos que nos ofrece la caja más tonta que nunca son absorbidos con celeridad por nuestros jóvenes y niños, y el resultado se transmite con rapidez a la convivencia cotidiana en las calles, en el vecindario, en el trabajo, en la familia. En la sociedad española ha desaparecido la cortesía, los buenos modales, el respeto a los mayores, la amabilidad, y las relaciones humanas de cada día son cada vez menos humanas e impregnadas de agresividad. ¿Hasta qué punto ha influido la telebasura –que es casi decir la televisión- para que hayamos llegado a este punto? ¿Y cuál es su influencia en unas aulas de primaria y sobre todo de secundaria y bachillerato en la que los docentes se ven desbordados por unos hábitos y modelos de los alumnos que maman cada día en la caja tonta?
Los niños imitan a esos personajes mitad realidad, mitad ficción. Son los ídolos que la televisión les vende y los niños son esponjas. Una encuesta reciente dice que un niño español ve cada día entre tres o cuatro horas de televisión. No hay niño o adolescente que no se empape, a veces con regularidad, de la basura que nos regalan cada día nuestras televisiones. Ahora, cuando ya una parte de la sociedad hastiada clamaba a gritos por un control, por una limitación de tanta pestilencia televisiva, parece que la clase política ha empezado a reaccionar y se empiezan a establecer tímidas regulaciones, restringidas, eso sí, a lo que llaman ingenuamente “horario infantil”. Que se den una vuelta por las aulas de Primaria y Secundaria los comités de sabios reguladores y verán que poco tardan en darse cuenta de que el “horario infantil” real es de veinticuatro horas. Que los padres no ejercen ningún control sobre lo que ven sus hijos, y que se lo tragan todo, a cualquier hora del día o de la noche, muchas veces desde el televisor privado de su habitación. ¿Cómo pueden ser tan ingenuos?
Y con este lastre que traen de casa, ¿qué pinta un humilde maestro o profesor de secundaria, tiza en ristre, tratando de enseñar a dialogar, a argumentar, a razonar, a ser críticos, a ser tolerantes, a respetar, a ser solidarios? ¿O a algo tan antiguo y desfasado como a hablar con corrección y propiedad nuestra lengua, a enriquecer el vocabulario, a hablar con elegancia y cortesía? ¿Qué puede hacer un pobre maestro delante de un grupo de chicos y chicas empapados de la basura televisiva que se les vende como el paradigma de la libertad y la modernidad? Es poco menos que un marciano, que un loco, que un inadaptado, que un lunático.
Sin embargo eso debe ser la escuela del siglo XXI: transgresora, revolucionaria. En una sociedad mediatizada por una escala de valores basados en el consumo indiscriminado y la alienación colectiva con la televisión como principal aliado, la escuela debe alzar la voz y disentir para romper, de un modo u otro, ese perverso círculo vicioso. Si la escuela ha ejercido en muchas épocas de la historia un papel trasgresor, ahora, en la sociedad plástica del siglo XXI debe serlo más que nunca. La televisión se ha convertido en un dios alienante y perverso. Y la escuela, por desgracia, debe ser su rival. O intentar aportar lo que pueda a esta desigual lucha. He aquí una lista de palabras revolucionarias, relegadas en la televisión al ámbito de lo marginal y obsoleto y denigradas por su falta de rentabilidad comercial: respeto, solidaridad, tolerancia, civilidad, urbanidad, cortesía, amabilidad, dignidad, honradez, generosidad, humanidad, fraternidad. La lucha es definitivamente desigual: es David contra Goliat, es un ratón contra un dinosaurio. Nadar contra corriente no es fácil, y la lucha parece una batalla perdida de antemano. Pero la escuela tiene que intentarlo, es su labor revolucionaria que se le ha encomendado en estos tiempos. ¿Conseguirá la escuela desligarse de los hedores de la telebasura? Porque de lo contrario, si la escuela se mimetiza con grandes hermanos y pasa a ser parte del circo, estamos perdidos. Habremos tocado fondo, ahora definitivamente. Y no estamos lejos de conseguirlo.

Forastero

En Mallorca a los llegados de fuera y que no tienen apellidos mallorquines les llaman forasters. Aunque en principio el adjetivo pueda tener un trasfondo peyorativo, a mí nunca me resultó ofensivo durante los seis años que pasé en aquella isla. Más bien al contrario. Asumía mi condición de advenedizo y de alguna manera disfrutaba de ella, pues me procuraba una cierta lejanía del epicentro de lo que allí sucedía y me permitía mirar desde la distancia, disfrutando de la vista pero sin involucrarme demasiado en lo incomprensible, que no era poco.
Mirar desde fuera ofrece la panorámica de la que se carece cuando se mira desde dentro. El sentimiento de arraigo, de pertenencia, de encontrarse en el mismísimo ombligo de todo cuanto nos rodea enaltece la pasión pero distorsiona la mirada. La mirada del que se aleja unos pasos del meollo de los asuntos tal vez no goce de primeros planos, pero es más cándida y de alguna forma puede ser más honesta. Siempre me ha hecho gracia observar cómo los turistas extranjeros, nada más llegar a nuestro país se ponen a hacer fotografías al interior de los bares, en donde, para su asombro, cuelgan del techo docenas de patas de cerdo. Nosotros tomamos café debajo de ellas sin reparar en lo insólito de la situación y el turista japonés con su cámara y sus ojos como platos nos hace darnos cuenta de nuestra entrañable peculiaridad. Es la mirada asombrada del forastero.
Ha querido el destino, forzado en buena medida por mi propio desarraigo, depararme la fortuna de haber vivido en nueve ciudades diferentes diseminadas por cuatro de los cinco continentes, asumiendo así por tanto la condición permanente de forastero, o de nómada vocacional, si lo prefieren. Incluso mi Madrid natal, de cuya vorágine de metro, polución y prisas huí despavorido hace más de veinte años, ha cambiado tanto que cuando voy me resulta irreconocible y me permite mirarla y disfrutarla con ojos de forastero, con la mirada abierta de quien está descubriendo algo. Ceuta es la última ciudad en la que he recalado. Tan recoleta como compleja, esta pequeña ciudad a caballo entre dos mundos ofrece un sinfín de matices para el forastero, que la padecerá o la disfrutará, o tal vez las dos cosas, pero al que nunca le dejará indiferente. Pasan demasiadas cosas en esta ciudad de setenta mil habitantes, donde convive lo más bello y lo más sórdido, tan peculiar por su situación geográfica, su condición fronteriza, su composición social, su permanente empeño en recordar al mundo su indudable identidad. Demasiadas cosas para mantener los ojos bien abiertos, para exponer la piel a las sensaciones que llegan de todos sus rincones.
No voy a caer en la simpleza de definirme como ciudadano del mundo, lugar común que de tan manido se ha convertido en cursilería. Yo soy español, mediterráneo, latino. Pero cuando leo los periódicos, veo la televisión o escucho los debates parlamentarios también en mi propio país tengo la sensación de estar en Marte, como muy cerca. Confieso que las más de las veces no entiendo nada, y acabo por verlo todo con la mirada perdida del forastero despistado.
He hecho esta pequeña introducción por varios motivos. En primer lugar para anunciarles que, gracias a la oportunidad que me han brindado la directora y subdirectora de este diario, lunes sí y lunes no algunas palabras mías se colarán en sus páginas para tortura de muchos, indiferencia de otros tantos y tal vez deleite de algunos, si se me permite la inmodestia y alarde de optimismo en este último punto. En segundo lugar como un apunte de presentación, pues si bien algunos ya me han padecido en mi instituto o en anteriores colaboraciones en el diario, supongo que la mayoría de los amables lectores de El Faro aún no me habían sufrido. Por último para justificar el título de la columna que firmaré, por ahora quincenalmente: “Crónicas de forastero”.
Así que ya saben: si lo desean, nos vemos aquí mismo en quince días. Espero no defraudarles y, sobre todo, contar con su amable benevolencia.