Cataluña, Truman y Platón

Seguro que la mayoría de ustedes recuerdan la magnífica película El show de Truman, en la que un bebé nace bajo los focos de las cámaras de un programa de televisión y toda su vida transcurre en una realidad virtual, donde todas las personas que pueblan su vida son actores y los paisajes en los que deambula son decorados. Todo es ficción. Todo es mentira, pero él no lo sabe y permanece ajeno a la realidad, porque ignora tal concepto. Podría considerarse como una versión moderna e imaginativa de la alegoría de la caverna de Platón, en la que unos hombres encadenados perciben como seres reales las sombras deformadas que se proyectan en la pared de la cueva, pues nunca han visto otra cosa.

De la misma manera, el nacionalismo catalán, con un maquiavelismo y astucia dignos de encomio, ha construido durante cuarenta años una ficción muy elaborada, basada en groseras mentiras repetidas a machamartillo en escuelas y medios de comunicación rigurosamente controlados por su aparato de propaganda. Así han crecido millones de catalanes, en una realidad virtual dirigida y adoctrinada hasta el mínimo detalle por un poder nacionalista omnímodo y totalitario, donde la discrepancia era arteramente identificada con fascismo y anticatalanismo. Todo ello con la vergonzosa aquiescencia de los sucesivos gobiernos de España, capaces de venderse por un plato de votos sin el menor escrúpulo con tal de sumar los sufragios suficientes para poseer el bastón de mando en el Gobierno de Madrid. Como si el show de Truman-Cataluña no fuera con ellos. Y ahora, a punto de llegar la sangre al río, se dan cuenta de su mayúscula negligencia. La integridad territorial de España, una de las naciones más antiguas de Europa, está en juego, lo cual no sería tan grave si no fuera porque la construcción del hipotético nuevo país catalán está cimentada en unos sentimientos creados artificialmente con ominosas falacias.

Las mentiras de la ideología nacionalista catalana son muchas y variadas, teniendo como denominador común el victimismo y una suerte de supremacía económica, que llega en ocasiones a un mal disimulado racismo. Sí, he dicho racismo, y no deja de ser paradójico que partidos autodenominados de izquierdas hayan sido y sean cómplices necesarios del oprobio, defendiendo postulados tan rancios y reaccionarios. La izquierda española es así de peculiar, pero eso sería asunto de otro artículo.

Por razones de espacio me ocuparé hoy solo de dos de los mantras repetidos hasta la saciedad por el catecismo ideológico nacionalista.

Mantra número 1. España es un país fascista y antidemocrático. España nos oprime y nos priva de libertad. Pues no. La democracia española es perfectible, como todas, pero en la actualidad está homologada internacionalmente con las más avanzadas del mundo. Lo constatan instituciones imparciales libres de toda sospecha. En el Economist Democracy Index de 2016 https://www.eiu.com/topic/democracy-index, estudio anual que maneja 60 parámetros de niveles de democracia en 167 países del mundo, el estatus de España es el de “democracia plena”, en el puesto número 17 del mundo, por delante de países como Francia, Bélgica, Italia, Estados Unidos o Japón, por citar algunos ejemplos significativos. En pocos países perfectamente democráticos se permite, impunemente, insultar y abuchear públicamente al rey, silbar el himno nacional, quemar banderas, hacer escarnio de instituciones y símbolos comunes, y el sinfín de actos ofensivos para la mayoría de la población que son tolerados estoicamente en el nuestro, en nombre de la libertad. No, España no es fascista ni antidemocrática. Lo fue, por supuesto, pero con la lucha de muchos y la determinación de todo un pueblo nos hemos situado en los puestos de cabeza del planeta en calidad democrática. Disfrutamos de unos niveles de libertad tan satisfactorios como mejorables, pero calificar España de fascista y antidemocrática, como hace machaconamente el gobierno y el nacionalismo catalán, es un disparate tan burdo como malintencionado. Pero les funciona, en parte gracias a la valiosísima complicidad de la izquierda populista, que no tiene reparos en hacerles la ola para medrar y acercarse al codiciado poder a costa de lo que sea.

Mantra número 2. El Estado español ataca y discrimina la lengua catalana. Todo lo contrario. El catalán goza del momento de mayor esplendor de su milenaria historia, favorecido por las políticas lingüísticas de recuperación y promoción que se impulsaron desde la Constitución de 1978. Es la lengua regional de toda Europa que disfruta de mayor apoyo institucional por parte del Estado. Es la lengua vehicular exclusiva de la Educación, lengua oficial prioritaria de todas las instituciones catalanas –cuando no única-, lengua única de todos los medios de comunicación públicos catalanes, disfruta de millonarias subvenciones del erario público que en muchos casos tienen como objetivo, más que la promoción y difusión del catalán, la exclusión y arrinconamiento del castellano, que paradójicamente, es la lengua materna de la mayoría de la población de Cataluña. Ni siquiera países con Estado propio, como Irlanda, dispensan a su lengua autóctona el trato de favor de que goza el catalán en Cataluña. Decir que el Estado español discrimina la lengua catalana es un embuste tan cínico como insostenible. Bastante más realista sería afirmarlo respecto a los castellanohablantes en Cataluña, que soportan con resignación silenciosa la exclusión de su lengua de todas las esferas públicas, en un calculado ejercicio de hispanofobia por parte del nacionalismo catalán. Por increíble que parezca, la falacia de la persecución lingüística también funciona dentro y hasta fuera de Cataluña.

Estos dos mantras de la Cataluña oficial, entre otras muchos (“catalanofobia”, “Espanya ens roba”, etc.) no soportan el menor contraste con la realidad. Me ocuparé de estos últimos en otro artículo. Pero el nacionalismo catalán, que ostenta desde hace cuatro décadas todos los tentáculos del poder, los ha inoculado en la población con innegable éxito. Casi dos generaciones que han nacido y crecido en el show de Truman, sin enterarse de que son personajes de una realidad virtual y manipulada al servicio de una de las ideologías más peligrosas del último siglo: el nacionalismo excluyente.

No va a ser fácil convencerles ahora de que todo era una película.

 

Mortadelo y Filemón en Catalandia

Siempre fueron mis héroes y fuente de inspiración. Y siguen siéndolo. No sólo en lo que a juntar letras e inventar historias se refiere, sino inspiración vital. Creo que hay muchos premios Nobel de literatura con bastantes menos méritos que Don Francisco Ibáñez. Y no creo ser el único que lo piensa.

Pues bien, leyendo periódicos, viendo televisión, escrutando redes sociales y escuchando a los próceres en los hemicircos parlamentarios patrios sobre el “tema único” –y curiosamente no es el sexo- no puedo quitarme de la cabeza a mis entrañables Mortadelo y Filemón, el superintendente de la T.I.A., el profesor Bacterio, el gang del Chicharrón y demás personajes deliciosamente esperpénticos que poblaron mi infancia y mi presente, que viene a ser más o menos lo mismo. Sí, soy bastante más de ellos que de Juego de Tronos, Star Wars, o inmundicias televisivas o cinematográficas semejantes.

En fin, a ver si me centro y trato de escribir un par de párrafos con el rigor y solemnidad que la situación precisa.

Pues resulta que en una región del noreste de Hispania –que es mi país como podría ser cualquier otro, pero es el mío- hay una pandilla de enajenados que ostentan el poder desde hace unos cuarenta años. Todo empezó con un señor bajito y cabezón (no me refiero al Generalísimo, que también lo era), sino a su sucesor en Catalandia, que curiosamente guarda un sorprendente parecido físico con un personaje de Star Wars, una de las ficciones que alegremente he desdeñado más arriba. Un tal Yoda. Perdón, un tal Jordi Pujol. Este señor, líder supremo de la nación catalanda durante muchos años, seguido de un grupo de entusiastas acólitos, se dedicó a sembrar el odio y el desprecio hacia los nativos del resto del país (cuando hablo de país me refiero a Hispania; ustedes me disculparán por la heterodoxia y transgresión al lenguaje políticamente correcto).

Exigió con todo éxito al Estado hispaniol todas las competencias posibles: Educación, Sanidad, Seguridad, Cultura, Comunicación, Charcutería, Ornitología y Corte y Confección. Todo. Los sucesivos gobiernos de Hispania se las iban entregando encantados de la vida porque necesitaban sus votos para tener el gobierno en Madrit, y allá ellos se las compongan. Hasta montaron una poli “nacional” de lo más chula, que llamaron los Mossos, y ahora no puedo evitar acordarme de otro clásico cinematográfico: “Loca Academia de Policía” y sus veinte secuelas. Con el control absoluto de la Educación, Departamento de Charcutería y los medios de comunicación, no fue difícil adoctrinar a su población con mantras que podrían resumirse (y casi abarcarse de manera exhaustiva) en lo siguiente: Hispanios malos; catalandos buenos. Hispanios feos; catalandos guapos. Hispanios opresores; catalandos oprimidos. Hispanios tontos; catalandos listos. Hispanios vagos; catalandos trabajadores. Hispanios negros; catalandos blancos. Y así durante cuarenta años en la escuela, en la universitat, en la tele y en la radio. Y los demás chitones, porque eso era progre y muy de izquierdas.

De aquellos polvos estos lodos, así que no es de extrañar que ahora esté en el gobierno de Catalandia el gang del Chicharrón. Y el gang del Chicharrón no sólo ha decidido dar un golpe de Estado en Catalandia, sino que además lo anuncia a bombo y platillo. Con un par.

Así que el gobierno de Hispania está un poco nervioso, porque lo que no quiere es molestar a los catalandos. Eso ni hablar, pobrecitos. Si les han regalado todo durante cuarenta años y aún no están contentos, ¿qué sería si encima se les ocurriera afearles su conducta golpista? ¿Alimentar aún más su justificadísimo victimismo?

Y aquí es donde me permito una sugerencia inspirada en Mortadelo y Filemón, que quizás no se le haya ocurrido al presidente de Hispania, porque él es más del Marca.

Dice el jefe del gang, Carles Puigdemont, alias “Pelomocho”, que tienen preparadas y sigilosamente escondidas ocho mil urnas para el simulacro de referéndum del 1 de octubre con el que se perpetraría el golpe de Estado. ¡Ocho mil urnas! ¿Dónde están las urnas? Urnas ilegales, pues tienen un propósito ilegal y antidemocrático que es dar cobertura a un paripé de referéndum parecido a los que hacía otrora el Caudillo de Hispania, otro bajito y cabezón con cantidad de poder. Yo no lo sé, ni idea de dónde están las urnas matarilerilerile. Los del Chicharrón juegan al escondite y se lo pasan teta.

Pero en Hispania, como potencia europea que es, hay un Servicio de Inteligencia, tengo entendido. Si no son capaces de saber dónde están “escondidas” ocho mil urnas en su propio país, apaga y vámonos. Entonces hablaríamos directamente de la T.I.A. Así que pongamos que lo saben, faltaría más.

Pues bien, no hace falta cerrar colegios electorales, impedir el acceso a nadie ni sacar tanques a la Diagonal de Barcelona. Esto encantaría al gang del Chicharrón, pero Hispania no debe participar en la charlotada golpista, ni siquiera como figurante.

Se trata de las urnas. ¿Incautarlas? ¿Destruirlas? No hace falta. Basta con bloquear la salida de su escondite e impedir su distribución en el momento oportuno. Mejor la Guardia Civil o el Ejército, que el jefe de los Mossos también es del gang. Rápido, indoloro e incoloro. Zona acordonada, sin fotitos. Se acabó. Es verdad que pueden votar apuntando los votos en cuartillas y contando palotes, pero no es lo mismo. Menos glamur y algo cutre, sobre todo por lo de la imagen internacional de la recién estrenada República de Catalandia, por la que tanto velan.

Sé que al final acabaría Filemón corriendo furibundo detrás de Mortadelo por el Paseo de Gracia, pero esto sería volver a lo de siempre, cada uno a lo suyo y colorín colorado, esta historieta se ha acabado.

 

 

 

 

 

Miserables

Miserables. Miserables los bastardos que ponen bombas en trenes o atropellan y matan a inocentes en nombre del odio, la religión, la patria o cualquier otro delirio absurdo en el que puedan creer o soñar. Miserables sin ningún atenuante, sin ninguna justificación, sin ninguna retórica buenista o histórica que desvíe la menor parte de responsabilidad hacia otro lado, ni a un pasado poco glorioso ni a dirigentes mundiales no menos miserables. Ni a la miserable condición humana, esa poética excusa maldita que tan bien se acomoda para acabar poniendo a todos en el mismo saco. Miserables, sin más.

Miserables. Miserables los que identifican, con más perversidad que ignorancia, a los hombres y mujeres de credo musulmán con criminales y alimañas, sabiendo que la mayoría de sus fieles son al menos tan decentes y honestos como nosotros. O tan indecentes y deshonestos, pero no más. Ni todos los musulmanes son terroristas ni todos los terroristas son musulmanes. En España hemos padecido una banda de miserables terroristas que ha despedazado a inocentes -hombres, mujeres y niños- que tenían poco de musulmanes. Es más, algunos eran profundamente “católicos”. Y a estos últimos, algunos de nuestros electos próceres de reciente hornada les hacen homenajes y les califican de hombres de paz.  Miserables, también estos últimos.

Miserables. Miserables los que amalgaman con despiadada vileza a los fanáticos asesinos de La Rambla o de Cambrils con los refugiados sirios o de otros lugares que padecen con mucha mayor intensidad que nosotros y con frecuencia diaria la maldición del terrorismo y de la guerra, la destrucción de sus hogares y entierran muertos a diario. Familias decentes y pobres que buscan un lugar para rehacer sus vidas, una tierra de asilo para empezar de nuevo desde cero, como hicieron en su día muchos de nuestros compatriotas en otros lados del mundo. Qué corta y selectiva es la memoria. No os confundáis, miserables.

Miserables. Miserables los que con calculada maledicencia y aviesa crueldad confunden a los deleznables asesinos de Barcelona con los famélicos hombres subsaharianos que atraviesan nuestras fronteras de Ceuta o Melilla con los cuerpos desgarrados por el alambre de las concertinas, o con las andrajosas familias que arriesgan sus vidas hacinadas en ruinosas barcazas o pateras huyendo del hambre y la extrema pobreza. No, no son los mismos, no seáis miserables.

Miserables. Miserables los políticos del régimen totalitario del gobierno de Cataluña que han intentado rentabilizar la masacre terrorista para buscar la propaganda que no han sido capaces de conseguir gastando millones de euros de los contribuyentes en viajar por todo el mundo recitando sin ningún éxito sus soflamas separatistas y mantras sectarios. Miserables los que por soberbia han impedido la investigación e intervención de unas fuerzas de seguridad del Estado mucho mejor preparadas para así intentar dar la imagen de una ridícula autosuficiencia con una policía regional sin la menor experiencia en la lucha antiterrorista. Qué nadie se entere que la opresora España mete sus sucias manos para algo que no sea robar en la república de los Països Catalans, han pensado. La propaganda ante todo. Miserable el consejero de Interior del gobierno regional de Cataluña que hace distinción entre muertos españoles y catalanes en un repugnante alarde de indisimulada xenofobia. Miserable el responsable del gobierno catalán que pidió a los países de todo el mundo que no se mostrara solidaridad con las víctimas utilizando la bandera de España, sino solo la catalana, mientras que toda España se llenaba de senyeras con crespón negro en señal de fraternidad con nuestra querida Barcelona.  Miserable.

Cuánto miserable que añade odio al odio, dolor al dolor, estupidez a la estupidez y miseria a la miseria.

 

 

 

 

 

Tánger, mítica y canalla

Tánger, esa inexplicable ciudad vecina, amada por unos y denostada por otros, y bautizada por los vendedores de turísticas rutas imperiales como la puerta de África, no sólo es la entrada a otro mundo, otra cultura, otro planeta, otro estilo de vida. Puede ser, si uno sabe mirar, mucho más.
Para el viajero Tánger puede ser dos cosas: ciudad de paso o ciudad de culto. Es inevitable asociar el nombre de este enclave a caballo entre dos mundos con el mito de la ciudad que encandiló a Paul Bowles, Truman Capote, Allan Ginsberg, Borroughs o tantos otros artistas que la describieron como el lugar más libre del mundo, la fuente de inspiración de leyendas y cuentos en donde la ficción y la magia se entremezclaban todos los días con lo cotidiano. Entre una España sumida en la mediocridad del fascismo y una África que se convulsionaba entre la miseria y las guerras coloniales, brillaba con luz propia un oasis agitado y bullicioso, ese espacio internacional que quedó plasmado en las mejores páginas de Paul Bowles o los mejores lienzos de Matisse, y que convirtieron esta ciudad en obligada referencia entre los lugares de culto que en el mundo han sido.
¿Qué queda de esa hermosa ciudad entre aristócrata y canalla, entre bohemia y exótica? El recuerdo de ese paraíso perdido sólo permanece en la conversación nostálgica de los viejos tangerinos que ven desfilar ante sus ojos una nueva y decadente ciudad mientras sorben té con hierbabuena sentados en cualquiera de los cientos de cafés que tan bien simbolizan las calles. Ahora la ciudad es otra cosa. Los extranjeros se marcharon hace tiempo y con la muerte de Paul Bowles también se fue el paradigma de un mito ya algo momificado y que empezaba a oler a rancio. Tánger ahora se debate entre una leyenda ya apolillada de lugar mítico, una ciudad moderna en donde llegan todos los días los ecos de la próxima Europa y ese mercado clandestino de casi todo, propio de las ciudades fronterizas: contrabando, prostitutas, pateras, visados falsos, hachís… El Tánger de Paul Bowles y la generación beat ya no existe, pero algunos reflejos de su antiguo esplendor y el rescoldo de la que fue una urbe cosmopolita y libertina aún pueden encontrarse al rastrear por el barrio del Marshan, el Dradeb , o simplemente darse un paseo por la medina.
El contraste cultural, desde luego, es brutal. Parece increíble estar a catorce kilómetros por mar de Tarifa y a setenta kilómetros por tierra de Ceuta, poder ver nuestras costas los días claros y tener la sensación, apenas se atraviesa la frontera, de haber cambiado de planeta. Naturalmente que es hermoso pasear por medinas y zocos abarrotados, mercaderes que cantan sus mercancías y compradores que se baten el cobre por un dirham. Es, por supuesto, parte del exotismo que aprecia el foráneo, el viajante, el turista. Y también puede el residente extranjero disfrutar de estos elementos y de muchos otros en la medida en que permanezca vivo el gusto por lo exótico, lo diferente, lo llamado a veces con una cierta cursilería lo “étnico”. Uno puede, con el tiempo, formar parte de ese paisanaje cotidiano, pero siempre de una manera señalada, un extranjero siempre es un extranjero, y canta como una mosca en leche por más que se encasquete el tarbush y la chilaba y llegue a chapurrear algunas palabras en árabe dialectal. El extranjero europeo es tratado con cariño y hasta con deferencia, y no sólo porque a fin de cuentas suela llevar los bolsillos llenos de dirhams, euros y dólares, cuando no de influencias a “alto nivel” y suela pertenecer a esa clase “noble” tan apreciada en una sociedad llena de castas con una historia colonial tan vinculante. Los españoles, que llegaron a ser más de cincuenta mil en los años cincuenta, dejaron aquí una huella perfectamente identificable en la fisonomía de la ciudad. Arquitectura, bares, gastronomía, costumbres, por no hablar de las numerosas palabras castellanas que quedaron incrustadas para siempre en el árabe dialectal (dariya) hablado en el norte de Marruecos.
Pero entre el bullicio de las calles efervescentes de vida y olores también se halla otro paisaje, inseparable del anterior: ancianas decrépitas cargando gigantescos fardos de mercancías, mendigos nauseabundos haciendo sonar su platillo por caridad, ciegos con las cuencas de los ojos vacías que piden unos céntimos mientras cantan las grandezas de Aláh, tullidos y deformes que imploran entre el hedor de la basura y el pescado que se descompone al sol y que forman parte de ese paisaje colorista que tanto aprecia el viajero hambriento de sensaciones fuertes y exotismo.

En el zoco, se mezclan la actividad frenética de los mercaderes que acarrean huevos, naranjas, lechugas, sacos con especias, teteras de alpaca, alfombras morunas, cualquier cosa; gritan sus mercancías, cantan el precio todavía en la moneda de antes, los francos que hace ya tanto tiempo que dejaron de usarse, con los ociosos transeúntes y viejos tangerinos que sorben poco a poco el té con hierbabuena desde los cafés de la medina desde donde se divisan dos mundos: a un lado de la vidriera del café está esta agitación de los comerciantes vivos y diligentes, los guías atentos al menor resquicio para hincarle el diente al turista menesteroso de orientación y ayuda y mendigos harapientos y tullidos que cantan al Dios generoso recitando versos del Corán. En el interior del café el omnipresente murmullo del televisor en español, la enésima repetición de las jugadas del partido del día anterior y los ibéricos concursos chillones con azafatas de sonrisa eléctrica y piernas interminables, o la publicidad del glamoroso perfume que nos hace irresistibles o el espectacular coche que abandera el bienestar y la felicidad del otro lado del Estrecho. En los pasadizos medievales conviven, junto a barberías y colmados propios de siglos pasados, rincones en los que venden modernos electrodomésticos y antenas parabólicas para televisión digital, como si el encargado del script de una película de moros hubiera tenido un descuido imperdonable. En fin, todo un goce para el paseante, que puede embelesarse en la contemplación de cómo dos épocas y dos mundos se dan la mano en un mismo callejón.
Al atardecer el cielo se tiñe de un rojo intenso y las calles se convierten en un bullicioso hormiguero de paseantes ociosos, todos en su lugar y representando su papel. Las chicas jóvenes más tradicionales pasean del brazo de su madre o su tía, enfundandas en chilabas y tocadas con discretos velos, dejándose contemplar por multitud de hombres acomodados en las terrazas de los cafés, eternamente desocupados, dejando pasar la vida por delante de ellos mientras comentan acaloradamente el último fichaje multimillonario del Real Madrid o Barcelona. Otras chicas, más descocadas y “libertinas”, visten europeo y pasean en grupos de dos o tres recorriendo las aceras del Boulevard Pasteur con una disimulada distracción y beatitud, pero subirán, con el recato y discreción que impone su cultura, a cualquier coche elegante desde el que un hombre les haga una seña, y se perderán en la tarde en el pozo de lo prohibido. Y todo sucede de manera casi imperceptible, en un disimulado juego de miradas e insinuaciones: el foráneo nunca apreciaría la obra que se representa en la trastienda de los bulevares y se quedaría sólo con la apariencia de calles agitadas y efervescentes, con un aluvión de personas que pasean, arriba y abajo, en un paisanaje propio de una apacible ciudad colonial de provincias.
Y junto al Tánger mítico, el Tánger canalla y el Tánger exótico emerge con fuerza una ciudad que se moderniza día a día y que parece mostrar el dinamismo de una urbe que bulle y está decidida a emular lo antes posible a su vecina Europa. Cada semana se incorporan nuevos símbolos occidentales del progreso a la vida cotidiana de los tangerinos. Los cibercafés invaden el centro de la ciudad y se multiplican hasta competir con ventaja con los tradicionales “bakalitos” y barberías. Los tejados de los edificios constituyen un verdadero bosque de antenas parabólicas de televisión por satélite. La fiebre del teléfono móvil está en plena efervescencia y ya es habitual escuchar en mitad del zoco las familiares melodías metálicas de los aparatos portátiles provenientes de los bolsillos de la chilabas. Empiezan a proliferar las tiendas de muebles funcionales de bricolage, hace poco abrieron el primer centro comercial tipo gran superficie, se ven por las calle jóvenes motoristas que llevan pizzas a domicilio y el McDonalds inaugurado hace ya varios años ofrece para el periodo del Ramadán un “especial” de hamburguesa con harira, la tradicional sopa de legumbres con que los musulmanes rompen el ayuno en esas fechas.
Quizás sea la noche de Tánger la que conserve mejor la fisonomía de ciudad promiscua y disoluta que siempre la caracterizó. Tal vez la ciudad con más bares, tascas, discotecas y clubs nocturnos de todo Marruecos, la ciudad es un dechado de tentaciones al alcance, eso sí, exclusivamente del hombre.
Las tapas de los bares de Tánger son las más generosas del mundo. Con dos o tres cervezas el camarero irá dejando en la barra abundantes platos con pescado frito al estilo andaluz, ensalada, pinchitos morunos de carne picada (kefta), en cantidad suficiente como para satisfacer al cliente más comilón. No es extraño encontrar en estas tascas la decoración propia de las tabernas más añejas de Andalucía o Madrid: paredes ennegrecidas por el humo de la fritanga, carteles amarillentos de corridas de toros antiguas, o posters y escudos de los dos equipos de fútbol que aquí levantan pasiones más enfervorizadas que incluso en España: el Barcelona y el Real Madrid. Sólo los hombres se agolpan en la barra de estos bares rescatados de la memoria española, y el tangerino, afable y conversador por naturaleza, si además está animado por la euforia de la cerveza, no tardará en darnos su opinión sobre el transcurso de la liga española de fútbol, la situación política del país o se pondrá melancólico recordando el viejo esplendor de aquel Tánger que nosotros ya sólo conoceremos por su relato.
Un Tánger que ya no existe pero sigue hechizando al visitante. Todos los foráneos han buscado siempre donde reside una magia tan intangible como evidente. Quizás sea su asimétrico equilibrio entre pasado y presente, la fascinación de su exotismo y bohemia, el espacio inexistente entre sus tradiciones medievales y la modernidad, el té con hierbabuena de los cafés diurnos y el whisky de garrafa de los clubes nocturnos, verdaderos museos del kitch, hayek y chilabas con jeans y minifaldas, harira y hamburguesas, o los posos que quedan en el ambiente de una ciudad decadente y canalla.
Lo cierto es que visitar Tánger encierra un singular riesgo: empezar por desdeñar su suciedad y decadencia para acabar, al poco tiempo, por deshacer definitivamente las maletas y quedar atrapado para siempre por su magia irracional de rompeolas de dos mundos, un lugar tan canalla y decrépito como mítico y fascinante. Ese lugar inexplicable del que ya nunca nos querremos marchar del todo.

Gudaris de panza llena y kalimotxo

La madre de Carlos Palate, ecuatoriano abatido por ETA con una bomba de varios cientos de kilos, no sabe cómo son los colores de la bandera de Euskadi, porque es ciega. Probablemente tampoco lo sabría aunque no lo fuera, y tampoco sabe qué es ni donde está Euskadi, ni en qué consiste la lucha armada que los aguerridos soldados vascos dicen librar en nombre de su ancestral patria. Ahora llora por su hijo muerto, que ella no creía enemigo de nadie. Ni siquiera de esa patria vasca por la que se lo han matado.
Carlos Palate estaba preparado para la miseria, que conoció muy bien, para recoger naranjas de sol a sol, para trabajar duro en una fábrica lejos de su país y así poder enviar trescientos dólares al mes para la manutención y los medicamentos de su familia, en Ecuador, y también para ir pagando poco a poco la deuda que contrajo para reunir el dinero para emigrar a España. Estaba preparado para el hambre, para el sacrificio y para la nostalgia, pero no para los doscientos kilos de explosivos con que ETA le reventó en nombre de la liberación de la patria vasca.
Porque en Ecuador, como en otros muchos lugares del mundo mísero, saben de injusticia, de lucha social, de liberación del oprimido. Así que tal vez no se imaginen que el oprimido vasco, el valiente gudari y los que le apoyan vive en una buena casa con calefacción, conduce un buen coche, y los sábados come chuletones de buey de medio kilo o tortilla de bacalao, o se harta de pintxos y txikitos en las herriko tabernas (las tabernas del pueblo, las llaman), rodeados de carteles con fotografías de sus heroicos mártires, esos pobres chicos a los que la opresora España tiene presos en cárceles (algunas alejadas de Euskadi, qué crueldad) total por haber matado a diez o doce personas, los angelitos. No hay derecho, así que cuando se han puesto hasta arriba de txikitos o kalimotxo y se empiezan a aburrir se van a la calle a quemar un par de autobuses o a destrozar algunas tiendas o locales públicos, que allí su policía es muy comprensiva y por hacer estas menudencias normalmente no pasa absolutamente nada. Faltaría más. Cuando han terminado la noche de fiesta revolucionaria (también llamada kale borroka), se van a casita, dan un besito de buenas noches a papá y a mamá y duermen profundamente en el confortable caserío, satisfechos y orgullosos de haber aportado su granito de arena a la liberación del oprimido pueblo vasco. Tal vez en Ecuador no saben que muchos de estos chicos que matan o se identifican con los que matan en nombre de la injusticia y de la opresión pueden gastar en una noche de juerga con la cuadrilla “revolucionaria” lo que una familia ecuatoriana consigue en un mes de trabajo en el campo. No saben lo dura que es su vida, tan oprimidos por el infame Estado español. Tampoco saben que sus enemigos opresores-cualquiera que no piensa como ellos- tienen que vivir con guardaespaldas, no pueden ir a muchos sitios, ni decir libremente lo que piensan, o se han tenido que marchar por miles del País vasco, de su propia tierra, porque si no se arriesgan a recibir un tiro en la nuca o a morir reventados por la metralla de una bomba, como le pasó a Carlos. Aunque éste ni siquiera decía ni probablemente pensaba nada de los vascos, ni tan siquiera vivía allí. Así que ya ven que es sumamente fácil ser enemigo de la causa vasca y por tanto víctima.
Algunos de los políticos de la legendaria Euskal Herria, que además de muy vascos también son muy comprensivos y enrollados, justificarán sus travesuras juveniles, y responsabilizarán de ellas a la opresora España, o a sus infames jueces y fuerzas de seguridad, que se empeñan en detener y a veces juzgar a sus valientes soldados liberadores, los muy tiranos e intolerantes. Es que no hay derecho, insisten.
Algunos de estos políticos enrollados, que son unos canallas pero no del todo idiotas, tal vez deberían explicar a la madre de Carlos Palate porqué su hijo tuvo que morir reventado mientras echaba una cabezada en el aparcamiento del aeropuerto de Madrid para liberar al pueblo vasco de la opresión. Quizás el modernillo, achulado y deliberadamente informal Otegi o el orondo Barrena, tan locuaces y dialogantes ellos, podrían viajar a la aldea de Palate en Ecuador y explicar a su familia rota porqué ETA, su organización armada, tuvo que realizar tan portentosa y audaz acción militar en Madrid para abatir con doscientos kilos de explosivos al feroz enemigo del pueblo vasco: dos trabajadores inmigrantes ecuatorianos que encontraron la muerte por tener que emigrar de su país huyendo de la miseria. En el colmo del cinismo estos gudaris batasunos han declarado que la muerte de los ecuatorianos les ha causado “hondo pesar”. Qué buen corazón, qué nobles, qué dignos…Qué ganas de vomitar.

Sobre el racismo y un injusto linchamiento

Quiero empezar diciendo, para evitar suspicacias, que no conozco ni personalmente ni por terceras personas a la Sra. Mª Antonia Granados, hasta hace unos días Directora Médico de Atención Primaria de Ceuta. Hasta el momento de la tormenta mediática que provocó en Ceuta una entrevista concedida por ella a Radio Lebrija no tenía conocimiento de su existencia ni del cargo que desempeñaba.
Al ver que esas declaraciones hacían verter ríos de tinta y provocaban grandilocuentes titulares en portadas de prensa (“La responsable del 061 insulta a los ceutíes en un programa de radio”, “Mª Antonia, ¡Váyase de Ceuta!”, etc.), me apresuré a buscar cuáles podían ser tan ignominiosos insultos proferidos por la Sra. Granados. Tuve la suerte de poder escuchar la entrevista reproducida en una emisora de radio ceutí y de leer la trascripción literal de la misma en este mismo diario.
¿Insultos? Me duele decirlo, pero la Sra. Granados no hizo sino expresar unas opiniones personales con las que, básicamente y en buena parte, estoy de acuerdo. Si de algo puede ser acusada la Sra. Granados es de falta de prudencia, o de corrección política, o de falta de tacto para evitar susceptibilidades, o de caer en la injusta generalización, pero nada más. Las sensaciones que dijo tener en algunos momentos la Sra. Granados son compartidas, en mayor o menor grado, por la mayoría de los que, llegados de diferentes puntos de la geografía española, vivimos y trabajamos en Ceuta, y también, cómo no, por muchísimos ceutíes de bien que les duele, tanto como a mí, el racismo y la xenofobia que se respira con demasiada frecuencia en las calles de esta ciudad.
Yo no voy a decir que la “sociedad ceutí es intolerante, xenófoba y racista” –aquí erró la Sra. Granados- pero sí diré, con triste convicción, que en Ceuta hay una dosis de estas dudosas virtudes superior a otros lugares de España. Tampoco es preciso añadir que, naturalmente, hay también muchísimos ceutíes ejemplares que son solidarios, tolerantes y hospitalarios; caer en la torpe generalización sería un imperdonable error. Pero no me referiré a estos, sino a los primeros, demasiado abundantes para ignorarlos o reducirlos a excepciones, como parecen hacer los medios de comunicación locales y los numerosos ceutíes que se han dedicado estos días a vilipendiar a la Sra. Granados por contar en voz alta lo que ve y siente por las calles. Los medios prefieren ponerse una venda en los ojos y decir: “En Ceuta no hay racismo, ni xenofobia, sino que aquí a todos nos encantan los marroquíes y los subsaharianos y los acogemos a todos con los brazos abiertos”. ¿Realmente lo creen?
Permítanme contar mi experiencia personal y reproducir aquí algunas de las opiniones de “respetables” ceutíes, pronunciadas sin pudor y con desparpajo, en lugares tanto públicos como privados que van desde taxistas, comerciantes o tertulianos de bar hasta profesores, guardias civiles o miembros de la Administración: “Estos no son personas, son animales y como tales hay que tratarlos” (dicho por un miembro de una Administración pública hablando conmigo y refiriéndose a los marroquíes). “A esos negros que los manden para la Península que nos estropean la imagen de la ciudad”, dicho también por una persona con un cargo oficial, “se nos ha llenado la ciudad de basura y de mierda” (un taxista), “estas moras son todas unas ladronas” (una respetable señora refiriéndose al servicio doméstico del que disfruta por una cantidad irrisoria…). “Esto ya es una porquería, los moros nos han invadido…” Así podría seguir y llenar páginas completas. Hay otros comentarios, pronunciados sin escrúpulos y sin bajar la voz en bares y cafés, tan repugnantes que por pudor me niego a reproducir. Cuando alguna vez me he atrevido a rebatir estos comentarios, mis interlocutores más civilizados me han respondido: “Es que tú no puedes entenderlo porque no eres de aquí”. Pues no, lo siento: no puedo entenderlo.
Quizás alguien pueda decir que estas cosas se oyen en todas partes, no sólo en Ceuta. Tal vez, pero puedo decir que he ejercido mi profesión en cinco países del mundo y he vivido en una decena de ciudades del planeta y nunca había visto algo así. Y aunque así fuera, no serviría como justificación. Yo ahora trabajo en Ceuta, vivo en Ceuta, y ésta es ya mi ciudad (aunque puede que después de este artículo también habrá quien quiera echarme, como a la Sra. Granados).
La señora Granados ha sido espontánea, ha dicho en voz alta lo que ve y siente e inmediatamente ha sufrido un espectacular linchamiento mediático, un aluvión de furibundos insultos y lo que aún es más incomprensible, también un linchamiento político. Ha sido cesada fulminantemente por…¡hacer uso de su legítimo derecho a la libertad de expresión! A treinta años de la muerte de Franco y por un delegado del Gobierno Socialista, quien, a partir de ese momento se convierte para la prensa local en el único político socialista digno de elogio. Es decir, que alguien denuncia el racismo y en lugar de preocuparse por el problema se defenestra al denunciante. Ahora ya se sabe; al que diga que aquí hay racismo e intolerancia se le corta la cabeza: vayan aprendiendo.
Mi admirada Carmen Echarri, directora de este periódico y con quien suelo coincidir en sus atinados artículos, creo que sin embargo estuvo especialmente desafortunada en el que tituló: “Mª Antonia, ¡váyase de Ceuta!”, publicado en El Faro el pasado 20 de octubre. En primer lugar porque ni ella, ni nadie puede arrogarse la prerrogativa de “decidir” quien puede y no puede vivir en Ceuta, por pobre que sea la opinión que dicha persona tenga sobre la sociedad en la que vive. Es tan obvio que no necesita aclaraciones: libertad de expresión, libertad de residencia…son artículos de la Constitución Española. La de todos; también la de Ceuta, por supuesto. ¿O se deben hacer excepciones con Ceuta? Y en ese mismo artículo hay un juicio de valor tan gratuito como injusto, cuando dice, en categórica afirmación: “Una ciudad que tan sólo le interesa para lucrarse económicamente (…)”. Sra. Echarri: no tire piedras contra el tejado de los ceutíes y de los que aquí vivimos. ¿De dónde procede el “lucro”, es decir, los privilegios fiscales, complementos salariales, subsidios y prebendas económicas de que disfrutamos todos los que aquí vivimos y trabajamos? De los bolsillos del resto de los españoles. ¡Cómo puede decirle a una señora española que lleva toda su vida subvencionando esta ciudad con sus impuestos que no tiene derecho a vivir aquí y que viene a lucrarse! Es el mundo al revés, los pájaros que disparan a las escopetas.
Dos cosas me han movido fundamentalmente a escribir esta colaboración: en primer lugar corroborar con mi modesta opinión la existencia del racismo al que se refiere la Sra. Granados-con las matizaciones ya hechas-, admitir su existencia para ponerle coto y así poder luchar contra él con todos nuestros medios. Por otro lado denunciar el linchamiento público y político que ha padecido una persona por expresar opiniones, por muy del desagrado que sean para muchos.
Por mi condición de educador me siento especialmente comprometido por lo primero. Precisamente porque me debo a mis alumnos ceutíes, con los que tengo un compromiso tanto humano como profesional. Y como el racismo y la xenofobia son lacras indeseables, aquí o en cualquier otro lugar del mundo, lo primero que necesitamos para erradicarlo es reconocer su presencia, para poder empezar a luchar contra ellos. No ponernos una venda en los ojos y decir que aquí de eso no hay nada, como parecen hacer creer algunos medios de comunicación o aseguran muchos ceutíes. Aquí, en Ceuta, mi ciudad, hay racismo y xenofobia. Lo digo con dolor y con pena, porque es donde siento, trabajo y vivo. El primer paso es admitirlo, el segundo repudiarlo con todas nuestras fuerzas para luchar contra él desde todos los ámbitos sociales.
Quiero terminar diciendo que espero no haber ofendido con esta modesta colaboración a los muchos ceutíes de bien que me han acogido en su ciudad con la calidez propia de sus gentes; nada más lejos de mi intención. Solo he pretendido, si acaso, arañar alguna conciencia e invitar a todos a una constructiva autocrítica. Si por el contrario he ofendido a los racistas, xenófobos e intolerantes convecinos que también moran en Ceuta, me sentiré más que satisfecho, pues ese era mi ánimo. Son justamente ellos los que sobran en una ciudad que aspira a ser un pacífico crisol de culturas y una digna puerta del sur de una humanitaria y tolerante Europa.

Gilipollas Caraculo

Les voy a pedir perdón por encabezar mi columna de hoy con un título tan soez, pero los nombrecitos de marras no se los he puesto yo a nadie sino una compañía de suministro de gas de ámbito nacional. Supongo que muchos de ustedes ya están enterados de la noticia, pues ocupó destacados espacios en prensa, radio y televisión, pero, para aquellos que aún no estén al corriente del chascarrillo, les haré un sucinto resumen.
Resulta que un señor de Valencia, cliente de la compañía, recibió su factura con el bonito nombre de Antonio Gilipollas Caraculo. Como el buen hombre no se llamaba precisamente así, sino que tenía unos apellidos no tan simpáticos, se mosqueó un pelín, no sin razón, claro. Se investigó el asunto, la compañía pidió disculpas y finalmente se desveló el misterio: una empleada de la compañía, que ese día se había levantado con el animus jocandi por las nubes, no se le ocurrió otra cosa que, en simpatiquísima gracia, cambiar los apellidos reales del señor por los más sonoros de Gilipollas Caraculo y mandar la factura tal cual. Claro, se armó la de Dios es Cristo y la chica ha sido expedientada, denunciada y no sé cuantas cosas más.
Pues señores, nada más injusto. La chica en realidad no hizo otra cosa que escribir en aquella factura el nombre que, para los Consejos de Administración y directivos de ciertas empresas, de las que todos somos cautivos, esclavos, siervos, gilipollas y caraculos, debería venir siempre impreso, para así hacer justicia a como realmente consideran a sus queridos clientes. Gilipollas y caraculos. Y no me refiero concretamente a la compañía de gas objeto del desaguisado, sino en general a las omniscientes y todopoderosas empresas de gas, teléfono, electricidad, agua, líneas aéreas, y todas esas cosas que, en el siglo XXI pueden considerarse como necesarias para realizar una vida normal. Tengo unos cuantos ejemplos, pero por razones de espacio me limitaré al último.
Tengo un problema con mi línea de internet, que pago religiosamente a una empresa llamada Telefónica, de pingües beneficios y que además, por vivir en Ceuta, es mi única opción para poder comunicarme por el aparato inventado por Graham Bell. Soy su rehén. Llamo a comunicar la incidencia –a las averías y chapuzas técnicas les suelen llamar incidencias, que queda muy profesional y parece que hasta da caché tenerlas- . Por supuesto me contesta una máquina, que me da varias opciones, entre las cuales no está el motivo de mi llamada, pero le doy a una tecla, a ver si hay suerte y algún ser humano me responde. No hay suerte, es otra máquina, que me pide “que describa el motivo de mi llamada”. No cabe duda de que, al estar hablando con una máquina contándole tus problemas, se le empieza a uno a poner cara no sé si de caraculo, pero al menos sí de gilipollas. La máquina, que es limitada de entendederas, la pobre, te dice que no te entiende y te repite que le cuentes tus penas de nuevo. La máquina no te llama gilipollas y caraculo, pero seguro que sus responsables sí, o al menos lo piensan, porque además, como burla añadida suelen decir –las máquinas- que es para ofrecerte un mejor servicio. Llamo a otro número. Más de lo mismo. Se diría que en esa empresa –como tantas otras- la atención a los caraculos –perdón, a los clientes- está a cargo exclusivamente de simpatiquísimas máquinas. La historia anterior se repite varias veces, y, gracias a un amigo que conoce el asunto y me ha dicho que cuando llegue a la desesperación más absoluta debo probar a gritar “¡¡¡agente!!!” varias veces, consigo que la máquina me diga que en breve ”seré atendido por un agente”, que, probablemente, sospecho, será un ser humano. Mientras tanto me ponen algo parecido a música, que cada cierto tiempo una máquina interrumpe para decir “no cuelgue, estamos atendiendo su llamada”. La máquina no añade “gilipollas caraculo”, pero uno no puede evitar sentirse como tal. Finalmente me responde una señorita que, como si fuera un robot parlante, está programada para responder sólo ciertas frases. Tras contarle el problema, me dice que llame al número que había llamado anteriormente. La conversación se vuelve surrealista, sin encontrar solución a mi problema, y la señorita, como está programada para ello te dice: ¿Por favor, me puede decir cómo se llama para poder dirigirme a usted por su nombre? Claro que sí, señorita, le digo. Mi nombre es Gilipollas Caraculo, exactamente el mismo que el de todos sus clientes.
Pues no, la chica de la compañía del gas no debe ser expedientada, sino condecorada por todos los clientes prisioneros de empresas que, con demasiada frecuencia, nos sentimos Gilipollas Caraculo. Ya que lo piensan, que al menos lo digan. Olé por ti Vanesa, que me he enterado que así te llamas.